Si fuera un hombre subyugado por la dictadura de los horarios que impone la Liga de Fútbol Profesional consagraría los fines de semana a ver partidos en horarios absurdos. El sábado a las seis de la tarde, por ejemplo, estaba de sobremesa después de una opípara comida con una pareja de amigos y no presté demasiada atención a lo que hacía el Valencia en Sevilla. Supongo que si a las cabezas pensantes de nuestro fútbol se les hubiera ocurrido que el encuentro se hubiera celebrado a las diez de la noche, lo habría seguido con pasión, me habría cabreado por las oportunidades perdidas por mi equipo y habría lamentado que el Valencia sea tan pardillo cuando juega contra equipos que salen al campo con el cuchillo en los dientes.
Ayer domingo, de nuevo sufrí los caprichos horarios del fútbol español cuando acudí al Ciutat de València a ver al Levante contra el Espanyol a las cuatro de la tarde. Mi amigo Alfonso me invita a veces a acompañarlo al feudo granota cuando tiene que trabajar allí como corresponsal de la agencia Efe. Y yo voy encantado. En el Ciutat de València veo el fútbol con un distanciamiento brechtiano. No soy del Levante y, francamente, me importa un bledo si gana o pierde, por lo que los partidos en territorio granota son para mí un entretenimiento en el amplio sentido de la palabra. Además, en el estadio levantinista me suelo encontrar con buenos amigos que profesan la fe granota y que incluso se alegran de verme por allí pensando en que me estoy haciendo un converso, que estoy cerca de renegar de mis convicciones xotas para abrazar la religión granota.
Alfonso y yo nos situamos en la tribuna de prensa y, mientras él ve el partido desde un punto de vista profesional, yo lo contemplo como un niño que se fija en todo. Me divierte el ambiente del Ciutat de València, tan diferente a Mestalla, y me gusta ver cómo la gente se enfada o se alegra según las vicisitudes del juego. Ayer, además, se me sentó al lado Tommy N'Kono, aquel legendario portero camerunés del Espanyol que ahora forma parte del staff técnico del club perico.
N'Kono, a mi lado, no se cortó un pelo. Recriminaba a sus jugadores los errores tácticos, como si ellos pudieran oírle a muchos metros de distancia, protestaba los errores arbitrales y maldecía con cada gol que recibía su equipo. Al final se marchó diez minutos antes de que el árbitro pitara el final, enfadado con el mundo y dispuesto a contarle a Pochettino lo que había visto desde su privilegiada posición en el estadio. Cuando se levantó, me fijé en él y contemplé un hecho insólito: Tommy N'Kono iba en pantalón corto.
Durante los veinte años que duró su carrera como portero, N'Kono no jugó jamás con pantalón corto, como el resto de sus compañeros. Recuerdo que decía que su costumbre de vestir pantalón largo y negro, incluso cuando el calor apretaba de forma insoportable, se debía a su pudor, su recelo a enseñar las piernas. Ayer no. Ayer N'Kono pareció haberse liberado de sus remilgos y apareció por el Ciutat de València en pantalón corto. Y ese hecho únicamente es el que me hizo volver a casa contento, porque había visto algo excepcional en un campo de fútbol. Aunque fueran las piernas de un tío, que es algo que no me provoca ningún tipo de pulsión erótica.
Ayer domingo, de nuevo sufrí los caprichos horarios del fútbol español cuando acudí al Ciutat de València a ver al Levante contra el Espanyol a las cuatro de la tarde. Mi amigo Alfonso me invita a veces a acompañarlo al feudo granota cuando tiene que trabajar allí como corresponsal de la agencia Efe. Y yo voy encantado. En el Ciutat de València veo el fútbol con un distanciamiento brechtiano. No soy del Levante y, francamente, me importa un bledo si gana o pierde, por lo que los partidos en territorio granota son para mí un entretenimiento en el amplio sentido de la palabra. Además, en el estadio levantinista me suelo encontrar con buenos amigos que profesan la fe granota y que incluso se alegran de verme por allí pensando en que me estoy haciendo un converso, que estoy cerca de renegar de mis convicciones xotas para abrazar la religión granota.Alfonso y yo nos situamos en la tribuna de prensa y, mientras él ve el partido desde un punto de vista profesional, yo lo contemplo como un niño que se fija en todo. Me divierte el ambiente del Ciutat de València, tan diferente a Mestalla, y me gusta ver cómo la gente se enfada o se alegra según las vicisitudes del juego. Ayer, además, se me sentó al lado Tommy N'Kono, aquel legendario portero camerunés del Espanyol que ahora forma parte del staff técnico del club perico.
N'Kono, a mi lado, no se cortó un pelo. Recriminaba a sus jugadores los errores tácticos, como si ellos pudieran oírle a muchos metros de distancia, protestaba los errores arbitrales y maldecía con cada gol que recibía su equipo. Al final se marchó diez minutos antes de que el árbitro pitara el final, enfadado con el mundo y dispuesto a contarle a Pochettino lo que había visto desde su privilegiada posición en el estadio. Cuando se levantó, me fijé en él y contemplé un hecho insólito: Tommy N'Kono iba en pantalón corto.
Durante los veinte años que duró su carrera como portero, N'Kono no jugó jamás con pantalón corto, como el resto de sus compañeros. Recuerdo que decía que su costumbre de vestir pantalón largo y negro, incluso cuando el calor apretaba de forma insoportable, se debía a su pudor, su recelo a enseñar las piernas. Ayer no. Ayer N'Kono pareció haberse liberado de sus remilgos y apareció por el Ciutat de València en pantalón corto. Y ese hecho únicamente es el que me hizo volver a casa contento, porque había visto algo excepcional en un campo de fútbol. Aunque fueran las piernas de un tío, que es algo que no me provoca ningún tipo de pulsión erótica.
Tres triunfos consecutivos han disparado la euforia de la afición, una vez más, para con este equipo. Dormir líderes por una noche es una bonita manera de soñar, como el día en que te hace mucho caso una mujer bella y piensas que podrás ligártela. Puede que hasta sea bueno, para aumentar nuestra estima, vernos encaramados en lo alto de la clasificación cuando esto no ha hecho más que empezar. Soñar es un ejercicio romántico y, en ocasiones, necesario para sobrevivir en esta jungla.
El sábado fui a Mestalla después de una larga noche de viernes que se prolongó hasta casi la mañana del día siguiente. La resaca, el dolor de cabeza y la sensación de que lo mejor para que no te persigan los fantasmas nocturnos habría sido quedarse postrado en el salón de mi casa viendo el partido en la retransmisión televisiva me persiguieron durante las dos horas en que estuve en Mestalla. Quizás por eso, nunca tuve la sensación de que el Valencia jugó con fuego durante toda la segunda parte, nunca pensé que un partido que había dominado en el primer periodo se podría escapar por un exceso de negligencia en la parte final del encuentro. No vi penaltis a favor no pitados, ni goles anulados injustamente, pero sí futbolistas exhaustos que lucharon hasta el final por aguantar de forma heroica algo que, en mi cabeza, era un acoso más o menos normal del contrario.
No soy mujer y tengo el mismo recuerdo que ellas. Sólo que, en mi caso, yo participaba de ese ritual vespertino de los domingos mientras los conductores del programa daban paso a locutores que se encontraban en La Condomina, Pasarón o la Nova Creu Alta. Los domingos eran días de fútbol, pero, sobre todo, eran días de radio, en una época en la que el partido televisado era la excepción y no la regla, en la que la imaginación del golazo narrado por las ondas hertzianas superaba a la realidad del churro visto mucho más tarde en los imperfectos resúmenes televisivos. La radio me enseñó a mitificar el fútbol, a llenarlo de adjetivos grandilocuentes, epítetos apasionados a hipérboles abigarradas. A vivir los partidos sin verlos, a hacerlos mejores de lo que eran.
Yo viví un fútbol sin televisión, pero dudo de que pueda soportar un fútbol sin radio. Pero quizás quienes ahora imponen las leyes y están convirtiendo la liga española en un aburrido bucle en el que todo es tan previsible como insulso nunca crecieron pegados a un aparato de radio. Nunca supieron que en la voz de un locutor radiofónico retransmitiendo un partido de fútbol había mucha más poesía que en mil imágenes de Cristiano Ronaldo celebrando un gol.