



Ayer vi el partido sin un seguidor clandestino al lado. Y primero pensé que igual el seguidor clandestino lo teníamos en el banquillo, porque sólo así se explicaría que no se diera cuenta de que no se puede ganar un partido con un mediocentro defensivo haciendo de mediapunta, por mucho que los de arriba tengan dinamita en sus botas. En todo caso, a los seguidores no clandestinos que tenía al lado, esa apreciación táctica se la traía bien floja. El peor partido del Valencia en toda la temporada y ninguna reprobación a los absurdos monólogos de Banega, a los desesperados intentos de Marchena porque el árbitro le dejara el pito y se marchara a ver el partido por la tele o los centros de Bruno con imán hacia las piernas madridistas. Nadie vio que el Madrid, sin hacer nada del otro mundo, jugó cuando y como quiso, manejó el partido a su antojo y marcó goles cuando tuvo ganas. Quizás, pienso ahora, es que esos seguidores no clandestinos no eran tales, sino verdaderos seguidores clandestinos que, tras su transformación en hooligans clandestinos, han perfeccionado su mutación hasta convertirse en zombies clandestinos. Y eso significaría no sólo que mi pesadilla no se acabó hace años, sino que continúa con tintes de película de terror. de esas que dan muy mal rollo.
Para entonces, espero contaros el partido como toca y no daros la barrila con tanta historia que no tiene nada que ver con el fútbol.
Todo tiene una explicación. Estoy en Tánger, trabajando en el festival “Tánger crea”, y la sala de prensa que hemos tenido que improvisar hoy era la cafetería del Cinéma Rif, la sala que sirve de cinemateca tangerina, en la que hay internet gratis para todo aquel que lleve su portátil. Sin embargo, hay tal volumen de gente pasando la tarde con un mísero té y enganchada a su notebook que los 36 megas de banda ancha que promete mi ordenador proporcionarme se convierten en algunos kilobytes que, casi por compasión, me permiten descargar algunas páginas. Con esa lentitud, he trabajado toda la tarde y, a las ocho (una hora más en Mestalla), he recordado que jugaba el Valencia. En un principio he pensado que era inútil conectarme a una página como “rojadirecta” para ver el partido en streaming, comentado en polaco o cantonés, y he optado por la información inmediata que ofrece un diario deportivo español que tiene a un tipo siguiendo a Cristiano Ronaldo y otro a Laporta durante las 24 horas del día. Pero, cuando he comprobado que, en dicha página, daban dos alineaciones distintas del Valencia (una con Zigic, otra sin Zigic), según la banda que miraras, he empezado a mosquearme. Como en ese momento he empezado a oler el inconfundible aroma de un porro de costo marroquí, algo que los entendidos en el fumeteo valorarán en su justa medida, me he hecho el valiente y he dicho: “en rojadirecta seguro que juega Zigic”. De modo que me he conectado al streaming y la primera imagen que ha aparecido en movimiento ha sido la que he relatado antes, de tres segundos de duración. Así que he vuelto a la apasionante narración literaria que duda entre metaforizar a Zigic o convertirlo en retruécano.
El caso es que, mientras veía el apasionante duelo entre el colista y el líder, he buscado el resumen del partido por todas las cadenas. Pero sólo he encontrado telenovelas, rezos musulmanes, películas desérticas y debates en francés. Hasta que he llegado a Televisión Española Internacional y, pese a que estaban dando un programa de presos comunes, he puesto el teletexto para saber que habíamos ganado por tres a uno, que Joaquín había metido dos goles (ya me extrañaba a mí que Miku hubiera hecho una vaselina en el primero) y que Mata sentenció en la segunda parte. Lo que me huele a sufrimiento, nervios y caras de “ja estem una altra vegada” en Mestalla. O quizás no fue así y es el aroma a costo que se me ha instalado en la pituitaria y me hace alucinar, como siempre, en negativo.