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jueves, 1 de abril de 2010

Valencia, 2; Atlético de Madrid, 2

Un partido de competición europea contra otro equipo español me produce sensaciones extrañas. Es como cuando invitas a alguien más o menos ilustre a cenar a tu casa y te comportas como si tu casa no fuera tu casa. No te tumbas en el sofá como un león marino, vas vestido como si fueras a salier a la calle y pones en la mesa una vajilla que nunca utilizas. Eres consciente de que estás en tu casa, porque conoces todos sus rincones, pero no te comportas como cuando estás en tu casa sin invitados. En el caso de las eliminatorias europeas contra equipos españoles, las disputan jugadores que se ven las caras con asiduidad durante la temporada, pero sacan sus mejores trajes para tratar de impresionar al rival ante la mirada de dirigentes guiris, árbitros guiris y televidentes guiris.
He visto en mi vida varias eliminatorias europeas del Valencia contra equipos de su liga y nunca dejan de sorprenderme. En ellas pasan cosas muy raras. Como que Angulo se convirtiera en un ariete letal en una semifinal europea de la Champions, que el equipo de disfrazara de italiano en una semifinal de la Copa de la Uefa contra el Villarreal o que Saura pareciera Maradona en unos cuartos de final de la Recopa también contra el Barça. Si a esto añadimos que el rival de estos cuartos de final de la Europa League era el Atlético de Madrid, un equipo tan bipolar como el Valencia, la noche prometía ser digna de un programa de Iker Jiménez, pero sin la esposa con cara de Manolo Santana que tiene a su lado en el plató.
No me equivoqué. Valencia y Atlético de Madrid ofrecieron ayer a un Mestalla vestido con sus mejores galas un espectáculo tan bizarro como excitante. Fue bizarro por raro, no por escabroso. Y excitante por su capacidad para enseñarnos lo bello que es el fútbol. Un espectáculo cuyos actores ya eran de por sí extraños. Repasemos. El Valencia jugaba con un lateral izquierdo al que, hace menos de dos meses, Emery quería mandar al Mestalla para que se fogueara como extremo. Jordi Alba, para colmo, estaba medio cojo, después de los esfuerzos a los que le está sometiendo en este tramo de la temporada la exigencia del calendario, y, la verdad, tiene poca pinta de lateral. Es un poco como Roberto Carlos en esmirriado, pero con la cara y el físico de Raúl Tamudo. Sin embargo, el chaval estuvo soberbio y, de rebote, generó un hecho más insólito que sus méritos. En la primera parte, su atrevimiento para sumarse al Séptimo de Caballería atacante del Valencia provocó que Perea, al que hasta los atléticos consideran un petardo como lateral derecho, se erigiera en un buen extremo derecha. Y Perea, que es como un Palomo Usuriaga pero en trompo, ha parecido hasta un peligro para César.
Han pasado más cosas raras. Emery ha quitado a Mata para sacar a Vicente, que es algo así como mandar un equipo de Paralímpicos a los Juegos Olímpicos. No obstante, cuando yo ya imaginaba una banda izquierda con aroma a vacaciones en Miami, Vicente se ha mostrado como un futbolista mucho más desequilibrante que Mata. El problema, y eso no es tan raro, es que luego ha sacado a Zigic y la salida del serbio al campo provoca en sus compañeros una insólita mutación: se olvidan de que trenzando el juego habían llegado en multitud de ocasiones a generar peligro y se convierten en lo más parecido a un pateador de un partido de rugby. El Valencia se transforma en un equipo irlandés de segunda fila, cuya única razón de ser es provocarle dolor de cabeza al balón de tanto pelotazo.
Todas esas rarezas y otras que no caben en un post como este cupieron en el Valencia-Atlético de Madrid de la Europa League, pero, al final, al mirar el marcador me di cuenta de que ese mismo resultado se había dado en la liga. Todo aquel rollo de no tumbarte en el sofá como un elefante marino, vestir como si se casara tu prima o sacar la vajilla que tu madre te compró para que sólo la sacaras cuando quisieras lucirte, no había servido para nada. Cuando se fueran los invitados ilustres, la liga volvería a ser tu casa, el lugar en el que te sientes como en ningún sitio del mundo.

viernes, 19 de marzo de 2010

Werder Bremen, 4; Valencia, 4

En mi peregrinaje por todos aquellos rincones del planeta en los que no hay petardos, falleras y gordos que comen paella en medio de la calle mientras los borrachos de la banda de música contratada por su comisión tocan "Paquito, el chocolatero" o algo que se asemeja a la marcha mora de L'Alcoià, he llegado a Tarazona de la Mancha. No es casualidad. Tarazona de la Mancha, un pequeño y hermoso pueblo de Albacete, situado a menos de 40 quilómetros de la capital de su provincia, es la localidad natal de mi suegra. Tarazona es un pueblo que ejemplifica a la perfección lo que quienes vivimos en ciudades grandes entendemos como la España profunda. Allí parece que el tiempo se detuvo hace 40 años, cuando los jóvenes se tenían que casar con la primera novia que conocieron sin haber cumplido veinte años, las mujeres habían de velar a los muertos como plañideras la noche anterior al entierro y el trabajo en el campo era el principal valor de la vida, mucho más que los estudios o la cultura.
Allí viven los dos primos de mi novia, Manolo y Ángel. Este último, el menor de los dos hermanos, se ha convertido, con el trato, en un amigo más mío y de mi novia. Durante nuestras estancias en Tarazona nos suele acompañar en las largas noches que pasamos en la casa de pueblo que hicimos habitable a partir de una cámara donde, antaño, se almacenaban las carnes crudas de la matanza y la cosecha semestral. Hablamos de películas de terror, un género cinematográfico que nos apasiona a los tres, de series de televisión y de viajes. También hablamos de fútbol, porque Ángel es un buen aficionado a este deporte y, de forma un tanto extraña, tiene una pasión tripartita, como los votantes de Catalunya. Ángel es, por este orden, del Albacete Balompié, el Valencia y el Real Madrid. Sin pecar de inmodesto, creo que, hace unos años, era más del Madrid que del Valencia, pero los éxitos del Valencia en el último decenio y mi irredenta militancia ché creo que han hecho que ahora prefiera un triunfo valencianista a una victoria madridista, si ambas son incompatibles.
Ángel me llevó ayer a ver el Werder Bremen-Valencia a un pub provisto de Canal + y con un propietario valencianista. El sitio se llama Fraggel Rock, un nombre poco original y algo caduco, y reúne diariamente a una parroquia fiel y bebedora, que disfruta de un tipo de música muy popular por estos pagos: el heavy-metal. El heavy es una curiosa forma de rebelión de los jóvenes autóctonos, pues supone una respuesta gritona y estridente a la educación musical que les han transmitido sus padres, un ecléctico pastiche entre José Luis Perales e Isabel Pantoja. De hecho, he asistido a varias bodas en Tarazona y uno de los momentos mágicos de la noche se produce cuando el discjockey pasa de "Tengo un tractor amarillo" a "Highway to Hell", sin que medie entre ambas canciones un Sting, un Bryan Adams o un Elton John. Es el momento en que los padres abandonan la pista de la discoteca, donde se ha servido un generoso resopón, y la invaden sus hijos, recién salidos de los váteres en manada. Ese radical giro del DJ local supone el tránsito entre el cielo viejuno y el infierno resignado, ambos marcados por una sociedad cerrada que los primeros han construido y sus descendientes, sin saberlo, perpetuarán.
En el Fraggel Rock he visto el partido mientras, al lado mío, Ángel se entretenía jugando al póquer con sus amigos. Tenía un ojo en la pareja de ases y otro en las acometidas suicidas del Bremen, hasta el punto de que, en más de un lance del partido, he temido que apostara sin ton ni son, sin tener un buen juego, sólo llevado por la euforia provocada por los goles de David Villa. Ángel seguía el partido con un sólo ojo, pero ha tenido una clarividencia que yo, supongo que contaminado por tanto partido absurdo del Valencia, jamás hubiera rozado. Mediada la primera parte, cuando el partido se había convertido en una partida de póquer similar a la que se desarrollaba a mi lado, ha lanzado una frase lapidaria: "Esto parece un partido benéfico". Tenía toda la razón, porque ambos equipos jugaban con una relajación defensiva alarmante, que, como señalaban los comentaristas del Canal +, podía desembocar en un resultado de balonmano, La falta de centrocampistas, la ineptitud de los defensas y la calidad de los delanteros han transformado un partido de octavos de final de la Europa League en un encuentro entre Amigos de Villa contra Amigos de Friggs. Un choque divertido para el espectador en el que los goles se sucedían casi de forma automática, en el que todo podía pasar y en el que ambos equipos parecían confiarse a la suerte del que reparte las cartas, la fanfarronería del que apuesta más fuerte (los cambios de ambos entrenadores denotaban un continuo "lo igualo y subo 100") y la azarosa respuesta del destino.

El Amigos de Friggs-Amigos de Villa ha acabado con empate a cuatro, un resultado corto para el vendaval de ocasiones que han disfrutado los dos equipos. Los alemanes se han dado cuenta de que el partido no era benéfico cuando ya era demasiado tarde, cuando en el Fraggel, con la llegada de los clientes habituales que habían terminado sus tareas campesinas, han sustituido la narración del partido por parte de Carlos Martínez y Michael Robinson por música heavy. Cuando Ángel ha abandonado su timba porque, en el fondo, estaba perdiendo dinero mientras perdía también parte de su alma, volcada en un Valencia que, pese a que ha marcado cuatro goles fuera de casa, ha sufrido hasta el pitido final.

viernes, 26 de febrero de 2010

Valencia, 3; Brugge, 0

Desde hace tres años participo todos los lunes en la tertulia deportiva del programa radiofónico "El murciélago", que se emite, para Valencia y provincia, en La 97.7. Lo dirige Rafa Lupión, que es tan buena persona como periodista. Y os puedo asegurar que es una gran persona. No lo digo porque, después de casi 15 años escribiendo sobre fútbol en diversos medios, fue el primero -y todavía el único- que me ha llamado para una tertulia radiofónica en la que pagan, cuando he tenido amigos, en su momento mucho más amigos que Rafa, que dirigieron tertulias en radio y televisión y nunca lo hicieron. Lo digo porque es un tipo valiente, que dice lo que piensa y es muy leal con la gente a la que estima.

En estos tres años, he ido varias veces al fútbol con la radio. No con un transistor, como recuerdo haber visto, cuando era pequeño y no existían los miniauriculares de ahora, a mucha gente en Mestalla. Pegado a la oreja, como pioneros de aquella moda absurda de los poligoneros que llevar el radiocassette sobre el hombro. No. He ido con quienes narraban el partido para La 97.7. Lo he hecho los días en los que había un partido de pago y no me apetecía rascarme el bolsillo para verlo solo. Nunca gasto mi dinero en algo que voy a disfrutar solo y por eso jamás he entrado en un peep-show, excepto por razones profesionales. Hoy era uno de esos días, no de entrar en un peep-show, claro. Me apetecía comprobar si el Valencia en Mestalla recuperaba esa épica que exhibió con cuentagotas en mi adolescencia, cuando, pese a tener a jugadores como Kempes, Tendillo, Bonhof o Solsona en su plantilla, palmaba siempre en los partidos de ida de las competiciones europeas pero estaba seguro que eso lo solucionaría en el viejo Mestalla. Así se ganó la Recopa del 80, no por la parada de Pereira en Bruselas. Pero no he encontrado a nadie que quisiera pagar los míseros ocho euros que valía la entrada para los abonados de las sillas gol sur. O mis eventuales y habituales acompañantes tienen menos dinero en su cuenta corriente que Francisco Camps o es que definitivamente el Valencia se la sopla. En esos casos, llamo a Rafa para que me acredite por La 97.7 y el ahorro económico que ello supone lo invierto prometiéndole que comentaré el partido para la radio.
Así que he ejercido de comentarista de partidos unas cinco o seis veces en mi vida. Soy, creo, un comentarista de esos que deben irritar a la gente, porque digo muchas tonterías y pienso que, si me pongo en el lugar del oyente cambiaría de emisora con mi primer chiste malo. Pero yo me lo paso bien y me parece que quienes comentan de forma habitual el partido para La 97.7 también.

Hoy he hecho eso pero no les he confesado un secreto: todas las veces en mi vida que he comentado un partido por la radio el Valencia ha empatado a uno. Durante muchos momentos del partido ha pasado por mi mente la imagen de ese empate a uno que me persigue desde hace tres años, cuando una y otra vez Villa, Mata o Pablo se estrellaban contra el portero belga. He visto ese gol tonto que marcaba el Brugge en su única ocasión de peligro y que comenzaba la letanía de protestas por cada caída, Marchena y Albelda metidos en todos los fregados y el público llamándole "burro" a un danés perplejo por que la gente le llamaba "mantequilla", probablemente porque, de ir a restaurantes italianos pensaría que esa era la traducción de lo que le decían desde la grada.

Pero me ha despertado de mi ensoñación el rugido de Mestalla cuando el Valencia flaqueaba porque me ha resultado familiar. Va a hacer treinta años que lo escuché contra el Barcelona y el Nantes. Un rugido que lo llevó a ganar la Recopa. Y ahí es cuando Pereira entra en acción.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Genoa, 1; Valencia, 2

En 1977, el Valencia volvió a jugar competiciones europeas después de uno de esos periodos oscuros de la historia del club que ahora nos parecen excepcionales y, en aquellos tiempos, eran algo acostumbrado. En esa época, que la desmemoria ha arrinconado injustamente, enfrentarse a un equipo inglés, alemán o italiano era sinónimo de derrota, de humillación y de salir de los campos europeos con la sensación de que estábamos a un nivel inferior de ellos. Los rivales asequibles tenían nombres absurdos, como el Arges Pitesti, cuyo nombre sirvió de forma paródica para denominar a un equipo en mi colegio cuando nos autobautizamos como Arges Travesti, CSKA de Sofía o el simpático Boavista portugués, cuya camiseta era un tablero de ajedrez. Con la excepción del título de la Recopa, ganado en 1980, la trayectoria europea del Valencia en aquellos tiempos fue muy discreta. A esta aventura europea sucedió otro periodo de oscuridad, más tétrico si cabe porque en él se incluye el descenso a segunda división, hasta que, a comienzos de los 90, el Valencia retomó la senda europea.
Nada había cambiado en una década. Italianos, alemanes e ingleses seguían siendo rivales inaccesibles y, como en los 70, los partidos europeos del Valencia eran calcos unos de otro: no jugábamos mal, teníamos el balón y, cuando lo jugábamos, demostrábamos ser técnicamente mejores que los rivales, pero nunca ganábamos. No era sólo eso, porque, en realidad, nos llevábamos de cada visita europea todo lo malo: las patadas, las tarjetas y los goles en contra. Quizás el paradigma de esos tiempos sea el famoso partido contra el Karlsruher, en noviembre de 1993, cuando nos metieron siete y en el Valencia se desencadenó un torbellino social y deportivo que tendría funestas consecuencias durante el resto de aquella década.
Ayer vi el Genoa-Valencia entre un largo viaje, que me ha llevado por Madrid y Barcelona durante tres días, y la primera de las que presumo abundantes cenas de empresa. Del viaje sólo contaré que uno de sus momentos más memorables sucedió en el aeropuerto de Barajas cuando vi el Atlante-Barça rodeado de ejecutivos catalanes que jaleaban los goles de Messi y Pedrito y ejecutivos madrileños que se alegraban cuando los mexicanos pasaban de medio campo. De la cena, que descubrí que el rollo de los trajes de Camps es una campaña publicitaria para hacerlo conocido en toda España.
La curiosa casualidad de que el Valencia jugara en ese hueco temporal entre tantos compromisos seguramente fue la razón por la que vi el partido con menos interés del habitual. Mientras le contaba a mi novia los promenores de mi periplo por las grandes ciudades, tenía el Genoa-Valencia de fondo y sólo le prestaba atención en momentos puntuales. Quizá por ello, me pareció que viajaba en el túnel del tiempo durante un instante y veía a ese Valencia de 20, 30 años atrás para el que jugar en Italia era un tormento colosal. Ese equipo que se llevaba las patadas, los lesionados, las tarjetas y los goles, que salía con cara de imbécil cuando lo había apeado de Europa un equipo notablemente inferior. Pero, en un momento dado, desperté de esa ensoñación en forma de "déja vu" triste. A mitad de conversación con mi novia, cuando el Valencia tocó dos o tres veces el balón con criterio, ella, que no tiene ni idea de fútbol, lanzó una sentencia demoledora: "pero si somos mucho mejores que ellos".
Fue después de que Bruno se añadiera a la lista de goleadores absurdos que está haciendo el Valencia en la Europa League y de que Moyá defendiera como Albiol (el de aquí, no el del Madrid) el control de Crespo antes de marcar. Pero antes de que confirmara que no estaba en el pasado al ver al árbitro pitarnos un penalti a favor que estoy seguro de que hace 20 o 30 años se habría saldado con tarjeta amarilla a Joaquín por tirarse y que, en una acción similar en el área contraria, habría juzgado como penalti y expulsión de nuestro defensa. De que Villa le diera emoción al asunto y de que el portero genovés, generoso como pocos durante todo el partido, nos regalara ser primeros de grupo.


jueves, 3 de diciembre de 2009

Valencia, 3; Lille, 1

He visto tres segundos de partido. Los que han ido desde el pase de Banega al centro de Mata en la jugada del primer gol. Nada más. He tenido que intuir que Miku, en el segundo palo, había rematado para inaugurar el marcador porque la siguiente imagen que he visto, ya congelada, en mi ordenador ha sido la de unos cuantos jugadores del Valencia arremolinados felicitándose entre sí. Ahí ha terminado mi visión del Valencia-Lille. Todo tiene una explicación. Estoy en Tánger, trabajando en el festival “Tánger crea”, y la sala de prensa que hemos tenido que improvisar hoy era la cafetería del Cinéma Rif, la sala que sirve de cinemateca tangerina, en la que hay internet gratis para todo aquel que lleve su portátil. Sin embargo, hay tal volumen de gente pasando la tarde con un mísero té y enganchada a su notebook que los 36 megas de banda ancha que promete mi ordenador proporcionarme se convierten en algunos kilobytes que, casi por compasión, me permiten descargar algunas páginas. Con esa lentitud, he trabajado toda la tarde y, a las ocho (una hora más en Mestalla), he recordado que jugaba el Valencia. En un principio he pensado que era inútil conectarme a una página como “rojadirecta” para ver el partido en streaming, comentado en polaco o cantonés, y he optado por la información inmediata que ofrece un diario deportivo español que tiene a un tipo siguiendo a Cristiano Ronaldo y otro a Laporta durante las 24 horas del día. Pero, cuando he comprobado que, en dicha página, daban dos alineaciones distintas del Valencia (una con Zigic, otra sin Zigic), según la banda que miraras, he empezado a mosquearme. Como en ese momento he empezado a oler el inconfundible aroma de un porro de costo marroquí, algo que los entendidos en el fumeteo valorarán en su justa medida, me he hecho el valiente y he dicho: “en rojadirecta seguro que juega Zigic”. De modo que me he conectado al streaming y la primera imagen que ha aparecido en movimiento ha sido la que he relatado antes, de tres segundos de duración. Así que he vuelto a la apasionante narración literaria que duda entre metaforizar a Zigic o convertirlo en retruécano.
Ha sido por muy poco tiempo, ya que nos íbamos a cenar. Pero el suficiente para ir a zamparme unos espaguettis de “nouvelle cuisine” con la certeza de que, con Zigic o sin Zigic, íbamos ganando.
Al acabar la cena, después de haber seguido oliendo el maravilloso aroma de la resina autóctona, he llegado al hotel, donde me he encontrado una notable sorpresa: en un canal que emite para todos los países en lengua árabe estaban dando el Xerez-Barcelona. La sorpresa no es esta, ya que, en los últimos años, he tenido la oportunidad de ver la liga española en países como Vietnam, Argentina, Rumanía o Noruega. La sorpresa es que el tipo que comentaba desde el estudio el partido, en plan experto de esos que sólo suelta obviedades, era Paco Buyo, aquel portero del Real Madrid con cara de portero, pero de puticlub, al que recuerdo con particular cariño por servir como ejemplo para una gloriosa frase de Di Stéfano, dirigida a un portero novel, en un entrenamiento con el Valencia: “Las que vayan dentro, intente pararlas; las que vayan fuera, déjelas, no se las meta dentro”. Buyo ilustró esa máxima en Tenerife hace muchos años para regalarle una liga al Barça. Quizá por eso lo han cogido como comentarista de los partidos del Barcelona, aunque no sepa ni papa de árabe y tengan que traducir simultáneamente todo lo que dice. El caso es que, mientras veía el apasionante duelo entre el colista y el líder, he buscado el resumen del partido por todas las cadenas. Pero sólo he encontrado telenovelas, rezos musulmanes, películas desérticas y debates en francés. Hasta que he llegado a Televisión Española Internacional y, pese a que estaban dando un programa de presos comunes, he puesto el teletexto para saber que habíamos ganado por tres a uno, que Joaquín había metido dos goles (ya me extrañaba a mí que Miku hubiera hecho una vaselina en el primero) y que Mata sentenció en la segunda parte. Lo que me huele a sufrimiento, nervios y caras de “ja estem una altra vegada” en Mestalla. O quizás no fue así y es el aroma a costo que se me ha instalado en la pituitaria y me hace alucinar, como siempre, en negativo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Slavia Praga, 2; Valencia, 2

He vuelto. Me ha costado más de una semana recuperarme del trajín de la Mostra porque, al acabar el festival, me vi envuelto en una absurda e improductiva vorágine laboral (trabajar mucho para ganar muy poco) que me ha tenido apartado de la dinámica futbolera más tiempo del previsto.
Antes de esfumarme, dejé al Valencia medio maltrecho, con un entrenador en entredicho y un equipo que nadie sabía realmente si podía aspirar a los primeros lugares de la tabla o a hacer el ridículo como en los últimos años. Supe que el Valencia había empatado a cero con el Barcelona y que había merecido ganar durante una sesión golfa de la Mostra donde se proyectaban películas de tíos locos que van con una cámara asesinando personas por ahí y de monstruos marinos con forma de pulpo calamar que aterrorizan a los turistas en Torremolinos. Supe que el Valencia había empatado a uno con el Slavia de Praga y que había merecido perder en medio de una gala dedicada al cine valenciano repleta de actores que salen en Canal 9 y que no conozco de nada, porque sencillamente no veo Canal 9. Vi, a trozos, la victoria por 0-3 en Almería y pensé que ese Valencia tenía pinta seria, que sabía por primera vez en mucho tiempo a qué jugaba y, además, se lo creía. Supe por el teletexto de un canal de televisión en el que sale a todas horas Belén Esteban que el Valencia había ganado al Alcoyano en El Collao y después me enteré de que el gol lo había marcado Miku. Puede que me enterara mal o que le hiciera caso a quien no debía, pero luego supe que lo había marcado Joaquín. Vi, en la pantalla de mi ordenador y con una imagen que se congelaba o pixelaba cada 30 segundos, la victoria ante el Málaga por 0-1 pero, con tanta congelación y tanto pixelado, me dio la impresión de que el equipo también se paraba y algunos jugadores comenzaban a difuminarse, un término que en informática sólo puede medirse en número de píxels.
Y hoy por fin he visto un partido entero y sin sobresaltos de la imagen. Como debe de ser. Comentado por JJ Santos y con Sara Carbonero luciendo palmito en el descanso y diciendo tonterías antes y después del descanso. Con un Valencia en el que a Emery le ha pasado algo raro. En su momento de lucidez de la semana, una práctica que comienza a frecuentar por primera vez en año y medio entre nosotros, se dio cuenta de que las rotaciones no consisten en cambiar a todos los futbolistas que han jugado el domingo porque, en ese caso, se llamarían destrucciones, sino en refrescar algunos puestos para animar la competitividad en la plantilla. Y con un Slavia de Praga que, si hubiera jugado contra el Alcorcón, también le habrían metido cuatro.
Durante hora y media, he pensado que el Valencia que abandoné por mesas redondas, películas, galas, fiestas y comidas de trabajo se había transformado en un equipo grande. De esos que, aunque tengan el partido resuelto, siguen jugando igual, porque no saben jugar de otra manera. Que tocan el balón con paciencia hasta que surge la chispa en cualquier metro del césped y se lanzan a encender la mecha para hacer explotar al contrario. Pero, a las ocho y media de la tarde, pasó algo extraño. De repente, como si me despertara de un sueño, ha vuelto a aparecer ese equipo tontorrón que se deja empatar por quien ni siquiera soñaba con perder por un resultado digno. Y he pensado que igual todo este esfuerzo laboral no sólo había sido improductivo por las más elementales leyes de la oferta y la demanda, sino también porque me habían demostrado que, en el Valencia, un mes de trabajo no había servido para nada.

viernes, 2 de octubre de 2009

Valencia, 3; Genoa, 2

Estoy en Sitges, en el Festival de Cine Fantástico, lo que significa que no he visto el partido. O que sí, porque he visto una película de terror y, como ya he dicho alguna vez, los partidos del Valencia son como películas de terror. A veces acaban bien y otras, no tanto.
En lugar de ver el Valencia-Genoa, he disfrutado de "Rec2", la última película de Jaume Balagueró y Paco Plaza, secuela del extraordinario filme que la pareja de directores más brillante del cine terrorífico español pergeñó hace sólo un par de años. "Rec2" es una espléndida película, algo poco habitual por aquello de que segundas partes nunca fueron buenas, que, pese a incidir en el mismo esquema que su predecesora -cámara en mano, filmación "sucia" y terror en cada esquina-, te mantiene atado a la butaca durante todo su metraje.
Pero lo más curioso, lo que relaciona el partido de esta Europa League que tanto publicita Telecinco y tan poco interés despierta en el resto de medios, es que "Rec2" es una película valencianista. Sí, no me lo estoy inventando para justificar un post injustificable en el que no pensaba hablar de un partido que nunca vi. Paco Plaza, seguidor, socio y accionista del Valencia (su hermano Carlos, al que he visto antes de entrar en la proyección, me ha contado que toda su familia ha acudido a la ampliación de capital y, por lo tanto, forma parte del accionariado del club aunque mande la Fundación), ha introducido en la película que codirige un montón de alusiones a su fe valencianista. Un hecho que le honra. Yo, que he escrito guiones de películas porno, jamás se me ocurriría ponerle a mis personajes nombres de jugadores del Valencia, porque quedaría muy feo que alguien, en plena excitación, descubriera que la mujer que le excita en la pantalla se llama Maduro, Albiol o Jon García. No quedaría bien.
Pero "Rec2" aparece plagada de personajes secundarios que tienen nombre de viejas (y no tan viejas) glorias del valencianismo. En la primera secuencia, un policía argentino reconoce que es valencianista desde que "El Matador", Mario Kempes, jugó en nuestro equipo y llega a discutir con un seguidor culé sobre cuál es el mejor equipo. Naturalmente, el que recuerda a Romario o Laudrup muere enseguida y, aunque el valencianista de la Pampa también acaba palmando, lo hace con dignidad. Poco después, en una cinta se escucha que un tal Carboni hizo unas llamadas diabólicas, lo que me recordó aquellos tiempos en los que el italiano con pistola gobernaba con mano firme el club desde la secretaría técnica y hacía llamadas diabólicas. Por último (lo mejor), Plaza asigna al cura exorcista que intenta librar al edificio maldito del diabólico virus el nombre de Padre Albelda, todo un guiño al legendario capitán. Cuando los policías que investigan el piso descubren un cadáver momificado que habita en uno de los altilllos de las habitaciones, alguien confirma que esa mojama es el Padre Albelda. Una momia. Una excelente metáfora de lo que fue y ya no es el que ejerció como pulmón del medio campo valencianista del doblete.

Al llegar al hotel he sabido que el Valencia había ganado por 3 a 2 al Genoa, que la vida sigue igual, que jugó un rato un centrocampista con nombre de momia en la película de terror que acabo de ver, que Villa nos ha salvado de una nueva catástrofe y que el juego del Valencia sigue dando argumentos a Paco Plaza para hacer películas de terror.

sábado, 29 de agosto de 2009

Valencia, 4; Stabaek, 1

Hay futbolistas del pasado que recuerdo por sus rasgos físicos, más que por su rostro. Recuerdo a Enrique Saura por sus orejas de soplillo, más que por su cara; a Castellanos, por su barba; y a Tomás, por su pinta de Robocop cada vez que gobernaba, con espantosa lentitud, el centro del campo valencianista. Y, si no fuera porque ahora lo veo continuamente, con más aspecto de jefe de planta de informática de unos grandes almacenes que de futbolista retirado, recordaría a Fernando Gómez por su gran cabeza y su frente despejada, indispensable, en su caso, para pensar como pensaba en el terreno de juego.

No sé si Miku pasará al baúl de mis borrosos recuerdos como valencianista, pero, si lo hiciera, lo haría por el partido del jueves. No por su instinto goleador, que lo tiene y demostró con tres goles de muy diverso pelaje, sino por ese perfil de delantero culobajo que han exhibido algunos de los grandes atacantes que he visto en mi vida. Hablo de Romario, de Van Basten o de Papin, delanteros con piernas cortas, cabeza grande y un extraño don para regatear en un palmo de terreno a los contrarios, impotentes ante tal ardid al saber que una pierna mal colocada llevaba consigo un irremediable penalti.

Miku tiene ese aspecto y, en un partido de broma como el del Stabaek del jueves, ejerció de Romario en sus buenos tiempos. En un encuentro en el que casi todos los jugadores que alineó Emery eran conscientes de su condición de carne de banquillo liguero, Miku fue el que más provecho sacó al escaparate que le proporcionó Mestalla: metió tres goles, se los dedicó a su, al parecer, amplia relación de muertos familiares, y se llevó el balón a su casa, a la espera de que algún día decore la estantería de trofeos en la casa de su madre, en su Venezuela natal.

Aparte del venezolano, poco se puede decir de un partido de mentirijillas como el que sirvió al Valencia para meterse en la fase de grupos de esa competición con nombre de torneo de baloncesto y convidados de piedra llamada Europa League. Que el estado del césped de Mestalla era tan triste como el de sus graderías, en las que poco más de 10.000 tontos como yo pasamos calor y vimos a los reservas del Valencia ante un equipo que sobreviviría a duras penas en la segunda B española. Que no hubo banda de música ni uno de esos concursos absurdos que consisten en que un tipo entrado en kilos meta el balón en un agujero de la tela que ponen en la portería para ganar un cheque gigante de mentiras y vivir sus quince minutos de gloria, por lo que el descanso fue más aburrido que una noche de fiesta con Manuel Pellegrini. Y que había como 200 noruegos en la grada, muy ruidosos y simpáticos, que vinieron a Valencia a hacer un poco de turismo (ya sabéis, Fórmula-1, Ciudad de las Artes y las Ciencias y demás reclamos para guiris) que se pusieron muy contentos, si no lo iban ya por la ingestión de cerveza, cuando un tipo llamado Farnerud, que probablemente trabaje como electricista o fontanero en su vida civil, le metió un gol a Moyá. Para ellos, eso era como haber ganado la Champions.