


Hoy he hecho eso pero no les he confesado un secreto: todas las veces en mi vida que he comentado un partido por la radio el Valencia ha empatado a uno. Durante muchos momentos del partido ha pasado por mi mente la imagen de ese empate a uno que me persigue desde hace tres años, cuando una y otra vez Villa, Mata o Pablo se estrellaban contra el portero belga. He visto ese gol tonto que marcaba el Brugge en su única ocasión de peligro y que comenzaba la letanía de protestas por cada caída, Marchena y Albelda metidos en todos los fregados y el público llamándole "burro" a un danés perplejo por que la gente le llamaba "mantequilla", probablemente porque, de ir a restaurantes italianos pensaría que esa era la traducción de lo que le decían desde la grada.
Pero algo tuvo ayer el Valencia que no perdió o empató un partido que, no hace mucho, se le habría escapado sin remedio. Y ese algo lo encontré en el centro del campo. Albelda y Banega se cargaron el equipo a sus espaldas, después de haber sesteado cuando el Valencia no los necesitó, y aguantaron a un Getafe al que le habría venido mejor que el árbitro no se hubiera vuelto loco. Al final acabó perdiendo igual y con un capazo de tarjetas imposibles.
El fútbol es más atractivo cuando pierde la cordura. Y la locura del árbitro y la grada convirtió un encuentro más soso que un lunes por la noche en un despropósito mental de ocasiones por ambos bandos, adrenalina y espuma en la boca. Mucho más divertido que CSI o la repetición de Sálvame.
Pero un día llegó la televisión y el fútbol se convirtió en su esclavo. El que pone los artistas, los payasos y los estibadores para que la tele los convierta en espectáculo. Y la tele no se ha criado yendo al fútbol los domingos a las cuatro y media de la tarde. La tele es como esos tipos que sólo saben hablar de una cosa. Como ellos, sólo sabe hablar de fútbol. Así que programa partidos a todas horas. Empezó acaparando el domingo, luego extendió sus redes a la noche de los sábados, más tarde acaparó también la tarde del sábado y ahora parece que, no conforme con su botín, empieza a ocupar el lunes. Más o menos lo que hizo Hitler con Europa. Si jugar un sábado a las seis de la tarde es antinatural para cuaquiera que ame un poco el fútbol, hacerlo un lunes por la noche me pone bastante enfermo.


A Adorno lo llamaban en Argentina, donde brillaba en la oscuridad de un equipo hecho de cortacéspedes, el Racing de los Basile, Perfumo y Wolf, “El ruso” porque tenía un pelo algo rizado de un color extraño: ni rojo ni amarillo, ni blanco ni gris. Un color báltico. Ese apodo no cuajó en las gradas de Mestalla, al igual que le pasó al “Payasito” Aimar y al contrario que al “Piojo” López. Nadie llamó “ruso” a Adorno jamás desde la grada, quien sabe si por la maléfica influencia de un régimen en el que el olor a ruso podía acarrearte problemas legales. Adorno, además, era uno de esos tipos cuyo apellido hacía honor a una de sus características principales a la hora de jugar al fútbol. Decir Miguel Ángel Adorno es como decir Pepito Blanco, que al oír el nombre ya sabes que tiene que ser un tipo con pinta de Pepito Grillo y de raza blanca. Era Miguel Ángel porque trazaba sobre el campo con pluma fina el devenir del equipo y era Adorno porque, en su quehacer creativo, siempre se concedía licencias estéticas. ¿Para qué necesitábamos llamarlo “El ruso”?
Adorno, sin embargo, fue uno de esos futbolistas que gustaban sólo a los gourmets, pero que no alimentan al equipo. Un futbolista que, como Bochini, no corría, le cedía tan ingrata tarea al balón. Pero no era Bochini. Cuando Adorno cogía el balón era tan lento como cuando no lo tenía y eso, a los entrenadores, suele darles bastante pánico. Adorno servía para partidos en los que había que sacar el genio aunque perdieras a un obrero, pero no para aquellos en los que había que ponerse el cuchillo entre los dientes. Y, en sus tiempos, el Valencia tenía los dientes raídos de morder cuchillos. Se marchó al Alavés dejando unas pocas pinceladas de su arte, pero, para sorpresa general, fue repescado, dos temporadas después, a última hora para dirigir aquel equipo que estaba diseñado para conquistar la galaxia: el Valencia de los Kempes, Diarte, Rep o Carrete. Ramos Costa se había gastado lo que no tenía en músicos pero se le olvidó contratar a un director. A Heriberto Herrera se le ocurrió que Adorno podría servir y el argentino guió al equipo en uno de los mejores periodos del Valencia que he visto nunca. El que arrancó en la temporada 76-77 con tres victorias consecutivas y pintando un fútbol de exquisita calidad ante Celta, Elche y Espanyol. Adorno era el director de aquella orquesta que dejó de funcionar casi al mismo ritmo que los pulmones de su conductor. Cuando empezaron a pintar bastos, fue reemplazado por los gladiadores de turno.
Miguel Ángel Adorno fue un valiente, en el sentido que Bochini le dio al término en su frase apócrifa. Fue nuestro Bocha.
(Publicado en Ultimes vesprades a Mestalla)