domingo, 10 de enero de 2010

Xerez, 1; Valencia, 3

Hoy era uno de esos días en que tocaba cagarla. No digo esto porque sea un cenizo, sino porque los años de experiencia como seguidor valencianista me han enseñado que, cuando los demás equipos le ponen las cosas a huevo al Valencia, éste acostumbra a cagarla. Perdió el Sevilla, empató el Villarreal (ya sé que iban a diez puntos, pero los amarillos, en vez de un submarino parecía que llevaban un cohete en las últimas semanas) y, con toda probabilidad, perdería el Mallorca, como así ha sido. La victoria en Xerez nos distanciaba en cinco puntos de los puestos de UEFA. Pero jugábamos en el campo de un neófito en la categoría que, además, es el colista y, volviendo la vista atrás, las circunstancias me recordaban al Valencia de los 70, un chollo para equipos como el Almería, el Burgos o el Recreativo de Huelva, en la misma tesitura entonces que este Xerez.
Como soy pesimista por naturaleza, he decidido no comprar el partido en el "pay-per-view" ese. Lo he visto a través de esas páginas de internet que conectan con televisiones de países extraños y dan el encuentro con los saltos que impone el rigor de mi banda ancha. Tras varios intentos, he podido verlo, con las reglamentarias paradas de imagen, en un link que daba a mi querida televisión marroquí, esa de la que ya os hablé un día y que tiene a Paco Buyo como comentarista. He podido ver de esa manera cómo Mata se quedaba congelado al recibir un estupendo pase de Banega y lo siguiente que ha aparecido en la pantalla de mi portátil Acer ha sido un mogollón de jugadores del Valencia felicitando a Mata por el gol. He lanzado una tímida exclamación de alegría, ya que no es lo mismo celebrar un gol en directo que en diferido. Pero me he quedado un poco mosqueado. Cerca de mi casa hay un tipo que debió de comprar todo el excedente de petardos de las fallas pasadas y, cada vez que marca el Valencia, sea la competición que sea, saca su pirotecnia para celebrarlo. Como no he oído el petardo con antelación (he de decir que los partidos por internet llegan a la red con un retraso que oscila entre treinta segundos y dos minutos), me he quedado preocupado al pensar que el árbitro lo había anulado. Cuando sacaba de centro el Xerez, ha sonado el petardo del vecino y he deducido que el valencianista pirotécnico estaba viendo el encuentro en las mismas condiciones que yo.
Poco después he visto a Joaquín resbalarse en el centro del campo y a tres jugadores del Xerez en contraataque contra el pobre Mathieu. La imagen se ha quedado ahí. Lo siguiente que ha reflejado mi pantalla era un tipo del Xerez corriendo de alegría y un cartel debajo de él que decía "Gol: Carlos Calvo". He empezado a pensar en la maldición de los calvos y a volver a convencerme de que la historia no es tan fácil de cambiar: íbamos a cagarla para no traicionar nuestro pasado. Mi vecino petardero no gasta pólvora cuando nos marcan un gol, así que esta vez no he dudado de la validez del tanto.
Un rato más tarde, Villa se internaba en el área y la imagen se ha vuelto a congelar. Esta vez ha permanecido estática durante demasiado tiempo, supongo que por el frío que hacía allí en Xerez y aquí en Valencia. Ansioso estaba por saber en qué había acabado la internada del Guaje (por cierto, "Guaje" es lo que mejor pronuncian los locutores marroquíes) cuando, antes de que el partido cobrara movimiento, he escuchado de nuevo un petardo, simultáneo a la vuelta de dinamismo a mi pantalla con Silva y su cara de chino volviendo sonriente al medio del campo antes de que yo viera en la repetición su remate a la red. Mi exclamación de alegría ha sido menos entusiasta, lo que me lleva a la conclusión físico-psicológica de que la intensidad del grito de júbilo en un gol de tu equipo es inversamente proporcional a la distancia temporal entre el momento en que ves que se produce y el momento en que te enteras de que sucede.
En la segunda parte la cosa ha empeorado. Las paradas de imagen eran continuas y me he dedicado a navegar por internet mientras, de fondo, oía al comentarista marroquí. De vez en cuando, cambiaba de ventana para ver un rato de fútbol, pero, en cuanto me desesperaba por los parones, regresaba a los procelosos océanos de la red. En una de mis visitas a la ventana que daba el partido del Valencia, he visto a Marchena coger el balón en tres cuartos de cancha e ir regateando contrarios, con poco estilo, la verdad, hasta meterse en el área y colar un gol de esos que sólo Marchena es capaz de marcar, por su tosca belleza. Durante esos cuatro o cinco segundos la imagen no se ha detenido y he contemplado el lado luminoso de Marchena en su totalidad. Pero no he gritado de júbilo, lo cual podría desmontar mi teoría físico-psicológica, porque me ha parecido tan increíble que no se parara la imagen y que Marchena hubiera hecho eso que me he quedado petrificado. Me ha despertado de mi letargo alucinatorio el petardo del vecino, de nuevo inasequible al desaliento y con munición, por lo que parece, hasta las próximas fallas.
Al acabar el partido he sacado varias conclusiones. La primera es que, si el Valencia no la ha cagado en el partido en el que la caga siempre, igual el año que viene jugamos una competición europea algo más interesante que la Euroliga esa, o cómo se llame. La segunda, que lo importante es intentar distanciarse cada vez más de los que vienen por detrás y no fijarse demasiado en los que van por delante. Ellos juegan en otra liga y, en caso de que nos dejaran jugar en su liga, sería porque ambos la habrían cagado y mucho, algo que parece improbable. La tercera y última conclusión es que igual vale la pena gastarse unos eurillos y ver los partidos de fuera que dan de pago como dios manda y no como Alá quiere.

jueves, 7 de enero de 2010

Valencia, 1; Deportivo, 2

Hace dos meses os contaba en este mismo blog que cumplía con devoción una de las reglas de oro de Alfred Hitchcock en el cine a la hora de ver partidos de fútbol: no soportaba ni a los niños ni a los animales. Como soy un tipo contradictorio, he de confesar que a los dos últimos partidos del Valencia en Mestalla he acudido con mi sobrino Nicolás. Nico es un niño de casi 11 años, inteligente y despierto, que posee una interesante cualidad: es un desastre jugando al fútbol, pero le gusta ver partidos. En ese sentido, es como cualquier adulto que haya superado los 40 años. Me acompañó el día del Espanyol y disfrutó de esa emoción que, en todos los órdenes de la vida, sólo tienen el fútbol y el sexo: te dan la ocasión de gozar una inmensa alegría en el último momento, lo que hace que, una vez acabado, se te quede cara de felicidad durante mucho rato. El gol de Zigic enseñó a Nicolás la magia que encierra el fútbol, ese momento orgásmico que se recuerda durante mucho tiempo.
Hoy lo he tenido mucho más complicado. Porque ir al fútbol con un niño implica una labor educativa. Yo aprendí a ver el fútbol en compañía de mi padre, quien me inculcó esa visión relativa, entre esperanzadora y lacónica, con la que profeso mi pasión valencianista. Aprendí que el fútbol es como la vida, que sólo te concede alegrías parciales, nunca la felicidad completa, y que lo bueno y lo malo se alternan y hasta conviven sin rubor. Y esa, ya que me ha tocado ahora a mí ser el pedagogo, es la filosofía de vida y de fútbol que quisiera transmitirle a mi sobrino. Me fue fácil explicarle que no siempre se gana y que, en el fútbol, la realidad y el deseo no van siempre de la mano. Que, en fin, con trabajo y talento se pueden conseguir muchas cosas, aunque en esta ocasión el trabajo y el talento los hubiera puesto el Deportivo.
Lo que no me fue tan fácil explicarle a Nicolás es por qué Joaquín se quería ir cuando Emery se decidió a hacer cambios y seguía empeñado en que el gaditano intentara una y otra vez ese regate que no le sale nunca. Por qué Dealbert había olvidado su pasado y ya se sabe que quien olvida su pasado está condenado a repetirlo. En el caso del castellonense, cuatro meses de liga le habían borrado de la memoria su vida como central del montón de segunda división y ayer se le apareció en forma de fantasmas. O por qué Marchena juega en este equipo de medio centro si es el peor medio centro que he visto nunca y uno de los mejores centrales del equipo. O por qué al señor que estaba en el banquillo se le ocurrió hoy, de repente, que el Valencia era el Wimbledon de los años 90, aquel equipo lleno de negros culturistas dirigido por Vinnie Jones cuya única estrategia era lanzar pelotazos para que sus torres los pillaran. O por qué, cada vez que caía un jugador del Depor lesionado, uno de los vecinos de la hoy desangelada grada gritaba "Pégale un tiro, Miguel". O por qué hoy no jugaba César cuando, según el acertado criterio de Nicolás, "es mucho mejor que Moyà". O por qué Emery descubre las cosas por casualidad, como que Banega es mejor medio centro destructor que constructor o que Zigic puede servir como revulsivo en la última media hora, pero luego o se le olvidan o no las quiere poner en práctica. Un millón que porqués a cosas absurdas que han sucedido hoy en Mestalla.
Voy a seguir intentando que a Nicolás le guste venir a Mestalla conmigo. Pero, con días como hoy, creo que va a ser más complicado que ganar un título esta temporada.

domingo, 3 de enero de 2010

Valencia, 1; Espanyol, 0

Llamadme sentimental, pero confieso que me he emocionado viendo a un tipo de más de dos metros más contento que si le hubiera tocado la lotería o hubiera pillado cacho en un botellón de Nochevieja. Además, el tipo era serbio y se supone que los serbios son los tipos más listos de toda Europa. Pero no. El tipo de dos metros, serbio, es, en realidad, un personaje entrañable. Un tipo de esos a los que discriminan por una cualidad física. Mide más de dos metros y eso, que en el baloncesto sería un seguro de vida para jugar en cualquier equipo de ligas con nombres de pastillas alucinógenas, en fútbol es sinónimo de discriminación. En el fútbol no se discrimina a un tío que mide 1'60 por bajito, sino que se le alaba por su "picaresca", se le compara con un simpático ratolín y hasta se le jalea cuando toca un balón de cabeza. Pero, si mides más de dos metros, lo tienes claro. Sólo sirves para que te bombeen balones y los remates de cabeza. Eso le ha pasado a Zigic en Valencia desde que llegó. Lo han convertido en un futbolista inservible con la única excusa de que es un tipo demasiado alto para jugar en una delantera de bajitos. Y debe de ser muy duro ver cómo hay compañeros que, poniéndole menos ganas que tú, juegan domingo tras domingo porque miden lo que tiene que medir un futbolista, no un jugador de baloncesto. Que un tipo que está en tu plantilla (llamarlo compañero sería desvirtuar el término) puede liarse a tiros en una discoteca la Noche de Navidad y, al llegar el partido siguiente, juega como si nada hubiera pasado. Pero Zigic no ha cejado en su empeño de querer quedarse en Valencia, aunque tuviera que agachar la cabeza para entrenar mejor, y hoy ha encontrado ese día con el que todo futbolista sueña: el día en que te conviertes en héroe. El día en que redimió a todos los que alguna vez han tenido que sufrir por culpa de una cualidad física. Ya sean bajitos, altos, gordos, gafotas o pelirrojos, todos han encontrado en Zigic el superhéroe que les ha hecho olvidar su pasado de escarnio colegial por el hecho de ser diferentes al resto.
El gran día de Zigic ha coincidido con la visita del Espanyol. Yo soy muy del Espanyol, pese a que me alegre más por los triunfos del Barça que por los del Madrid. Quizás porque el Espanyol es un equipo que parece guionizado por Ken Loach o Lars von Trier, que, cuando le ocurre la desgracia más terrible (léase perder dos finales de Uefa por penaltis), la vida le tiene preparada una peor (como que se muera tu capitán de manera inexplicable), quizás porque he conocido en los últimos años muy buenos amigos catalanes que eran del Espanyol y estaban orgullosos de ello. Gente como Txema, Agustín, Carlos o Xavi me han arrastrado a sentir simpatía por un club que considero representa tanto a Catalunya como el Barcelona.
Pero yo creo que, en el fondo, soy bastante del Espanyol porque, involuntariamente, lo relaciono con esa épica que sólo de vez en cuando muestra el Valencia. Con una tarde de domingo del 67, cuando la primera cadena todavía anunciaba en la programación del domingo por la tarde los resultados en tiempo real, en feroz competencia con la radio, en la que viví a base de letreritos una insólita remontado del Valencia en Sarrià: de 4-1 pasamos a 4-5. Con la liga del 71, cuando el Espanyol nos ganó pero nosotros nos llevamos el título en una carambola. Con el penúltimo partido de la liga del 96, en el que un gol de Arroyo nos hizo soñar con que podíamos llevarnos el campeonato tras una dura travesía en el desierto. Con aquella noche helada en Montjuïc cuando resucitó Ilie y salvó la cabeza de Benítez, lo que nos acabó llevando a la liga. O con la gran noche de Baraja en el 2001, el día en que nos metimos en el bolsillo aquella liga.

Desde ayer, esa relación de gestas épicas tiene un capítulo más. El que escribió Zigic con su cabezazo en el último minuto del descuento en un partido inhumano, como todos los partidos que se juegan en plenas fiestas. Aunque, al final, esa gesta de Zigic no tenga ninguna trascendencia porque no nos sirva para ganar nada. Pero, ¿qué más da? Ganó la redención eterna para todos aquellos que, en el colegio, nos llamaban enanos, jirafas, bolas de sebo, cuatro ojos o panochas.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Deportivo, 0; Valencia, 0

Ahora que se acerca la fatídica fecha del 22 de diciembre, he de confesar algo que sólo saben quienes me conocen. No juego nunca a la lotería. Pienso que existen más probabilidades de contraer un cáncer que de que te toque el Gordo y no tiento la suerte, ni para bien ni para mal. No es un tema de karma, ni nada parecido. Lo leí en un libro de Raymond Carver, hace muchos años, y prefiero que no me pase nada que me cambie la vida. Ni bueno ni malo.
Sin embargo, me gusta mucho el carácter lotero que tiene el fútbol y, por ello, esos partidos en los que igual puedes ganar que perder y que acabas empatando. Partidos, como el de ayer ante el Deportivo, en los que juegas tus décimos para ganar y juegas tus décimos para perder, y que finalmente, como suele suceder en la vida, no resultas agraciado por unos ni desgraciado por los otros. Supongo que porque el número de calvos de ambos equipos era el mismo.
Siempre he creído que las ligas se ganan en campos como Riazor, aunque precisamente el estadio coruñés haya sido en los últimos años un lugar de buena pesca para el Valencia, tanto en sus años gloriosos como en los deplorables. Pero entonces el Deportivo estaba en ese bache tan valencianista que pasan aquellos equipos que tocan el cielo durante unos años. Me refiero a campos como Riazor, el Pizjuán, el Calderón o El Madrigal, frente a equipos con los que, con toda probabilidad, tropezarán los grandes. Si a eso le añades cierta fortaleza en casa y la simple lógica de que hay que ganar donde eres mejor que el contrario y perder donde eres peor, encontraríamos una perfecta fórmula para ganar ligas. Cuando el Valencia la ha puesto en práctica, ha levantado el trofeo; cuando sus expectativas se han limitado a ganarle al Madrid y el Barcelona en Mestalla, ha hecho lo de casi siempre: el imbécil.
Pese a este convencimiento, me gustó el partido de ayer, aunque acabara en empate. Descubrí cosas raras. Como que Miguel se ha hecho mayor. Le pasa como a mí, que cuanto más sale por la noche, peor rinde. Antes era capaz de acabar pegándose de hostias con gente tan ciega como él a las cuatro de la mañana en la puerta de una discoteca y marcarse un partido estupendo tres días después. Ahora, la resaca de la borrachera semanal le llega al domingo. O como que Banega es igual que yo cuando juego al FIFA 2009 en la PlayStation. Como no tengo ni puta idea, me limito a utilizar un jugador, que no para de dar vueltas con el balón cosido al pie sin avanzar nada y, cuando ha de dar un pase, siempre se lo da a sí mismo o al contrario. Ahora entiendo por qué Emery lo pone de mediapunta: para que, al hacer eso, el equipo corra menos peligro. En mi PlayStation, desgraciadamente, mi único jugador juega mucho más atrás. También descubrí por qué Emery no pone nunca a Jordi Alba. El chico, reclamado por las masas, es como Sánchez-Torres, mítico futbolista paquete del Valencia de los años 80. Sánches-Torres, que era bajito y con cara de macarra, tenía la extraña habilidad de correr mucho para no hacer nada, algo meritorio en un Valencia que corría poco para no hacer nada. Pero, claro, Jordi Alba ha tropezado con el problema de que en este equipo hay jugadores que corren mucho para hacer mucho y el entorno no le ha ayudado, como a Sánchez-Torres. Por último he descubierto que Manuel Fernandes está vivo. He de ser sincero: pensaba que, después de aquella gesta de jugar casi todo un partido con el peroné roto, se había quedado como Ramón Sampedro y Amenábar preparaba un biopic sobre él. Luego me he enterado que jugó un rato en un partido de esos de la Europa League que no vi, pero la sorpresa de verlo tras meses de estar convencido de que había pasado a peor vida no me la ha quitado esa información.
Todos esos descubrimientos han ayudado a que el partido me gustara. Como me ha gustado que, después de varios meses pensando en que estábamos capacitados para cotas mayores, la liga nos haya puesto en nuestro sitio. Ahora se trata de conservarlo, una misión que el Valencia suele confiar a la suerte de la lotería.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Genoa, 1; Valencia, 2

En 1977, el Valencia volvió a jugar competiciones europeas después de uno de esos periodos oscuros de la historia del club que ahora nos parecen excepcionales y, en aquellos tiempos, eran algo acostumbrado. En esa época, que la desmemoria ha arrinconado injustamente, enfrentarse a un equipo inglés, alemán o italiano era sinónimo de derrota, de humillación y de salir de los campos europeos con la sensación de que estábamos a un nivel inferior de ellos. Los rivales asequibles tenían nombres absurdos, como el Arges Pitesti, cuyo nombre sirvió de forma paródica para denominar a un equipo en mi colegio cuando nos autobautizamos como Arges Travesti, CSKA de Sofía o el simpático Boavista portugués, cuya camiseta era un tablero de ajedrez. Con la excepción del título de la Recopa, ganado en 1980, la trayectoria europea del Valencia en aquellos tiempos fue muy discreta. A esta aventura europea sucedió otro periodo de oscuridad, más tétrico si cabe porque en él se incluye el descenso a segunda división, hasta que, a comienzos de los 90, el Valencia retomó la senda europea.
Nada había cambiado en una década. Italianos, alemanes e ingleses seguían siendo rivales inaccesibles y, como en los 70, los partidos europeos del Valencia eran calcos unos de otro: no jugábamos mal, teníamos el balón y, cuando lo jugábamos, demostrábamos ser técnicamente mejores que los rivales, pero nunca ganábamos. No era sólo eso, porque, en realidad, nos llevábamos de cada visita europea todo lo malo: las patadas, las tarjetas y los goles en contra. Quizás el paradigma de esos tiempos sea el famoso partido contra el Karlsruher, en noviembre de 1993, cuando nos metieron siete y en el Valencia se desencadenó un torbellino social y deportivo que tendría funestas consecuencias durante el resto de aquella década.
Ayer vi el Genoa-Valencia entre un largo viaje, que me ha llevado por Madrid y Barcelona durante tres días, y la primera de las que presumo abundantes cenas de empresa. Del viaje sólo contaré que uno de sus momentos más memorables sucedió en el aeropuerto de Barajas cuando vi el Atlante-Barça rodeado de ejecutivos catalanes que jaleaban los goles de Messi y Pedrito y ejecutivos madrileños que se alegraban cuando los mexicanos pasaban de medio campo. De la cena, que descubrí que el rollo de los trajes de Camps es una campaña publicitaria para hacerlo conocido en toda España.
La curiosa casualidad de que el Valencia jugara en ese hueco temporal entre tantos compromisos seguramente fue la razón por la que vi el partido con menos interés del habitual. Mientras le contaba a mi novia los promenores de mi periplo por las grandes ciudades, tenía el Genoa-Valencia de fondo y sólo le prestaba atención en momentos puntuales. Quizá por ello, me pareció que viajaba en el túnel del tiempo durante un instante y veía a ese Valencia de 20, 30 años atrás para el que jugar en Italia era un tormento colosal. Ese equipo que se llevaba las patadas, los lesionados, las tarjetas y los goles, que salía con cara de imbécil cuando lo había apeado de Europa un equipo notablemente inferior. Pero, en un momento dado, desperté de esa ensoñación en forma de "déja vu" triste. A mitad de conversación con mi novia, cuando el Valencia tocó dos o tres veces el balón con criterio, ella, que no tiene ni idea de fútbol, lanzó una sentencia demoledora: "pero si somos mucho mejores que ellos".
Fue después de que Bruno se añadiera a la lista de goleadores absurdos que está haciendo el Valencia en la Europa League y de que Moyá defendiera como Albiol (el de aquí, no el del Madrid) el control de Crespo antes de marcar. Pero antes de que confirmara que no estaba en el pasado al ver al árbitro pitarnos un penalti a favor que estoy seguro de que hace 20 o 30 años se habría saldado con tarjeta amarilla a Joaquín por tirarse y que, en una acción similar en el área contraria, habría juzgado como penalti y expulsión de nuestro defensa. De que Villa le diera emoción al asunto y de que el portero genovés, generoso como pocos durante todo el partido, nos regalara ser primeros de grupo.


domingo, 13 de diciembre de 2009

Valencia, 2; Real Madrid, 3

Desde hace más de 40 años, hay un partido al año que odio: el que jugamos en Mestalla contra el Real Madrid. No porque nos ganen, cosa que sucede con mayor frecuencia de la que desearía, ni porque el público valencianista, tan ciclotímico, lo viva de manera exagerada. Lo odio porque, durante muchos años, he vivido en él la pesadilla del seguidor clandestino. Acudes a Mestalla, te sientas en tu localidad y compruebas que, a tu lado, hay un tipo que no has visto nunca. Piensas "será uno de esos mendas que son capaces de gastarse 100 euros al año para ver sólo un partido de fútbol y el resto de la temporada lo ven en su casa, algo que no impide que, en sus conversaciones de bar, dé el pego de que va al fútbol hasta los días que hay Europa League". Hablas con él y te parece un tío simpático. Protestas cuando hay una falta a favor del Valencia que no ha visto el árbitro y te da la razón. Pero, cuando marca el Madrid, el tipo sale de su clandestinidad y se dedica a dar botes y jalear a los suyos. Se te queda cara de gilipollas, más por el engaño al que has sido sometido que porque el Madrid nos vaya ganando.
Esta pesadilla, tal cual la relato, me sucedía cíclicamente cada año en Mestalla el día del Madrid. Siempre con un tipo diferente, pero yo, que en el fondo soy buena gente, al año siguiente siempre pensaba aquello de "será uno de esos mendas capaz de gastarse 100 euros, bla, bla, bla" Hasta comienzos de esta década. Entonces, cuando el valencianismo puso en práctica esa fanfarronería tan arraigada en la sociedad autóctona de creerse más de lo que en realidad era (un comportamiento que siempre ha ido ligado a la presencia de argentinos en el equipo), el seguidor clandestino desapareció por arte de magia. Creo que la última vez que lo vi, en sus diferentes variantes, fue en aquella memorable semifinal de copa en la que les metimos seis goles. Aquel día, por cierto, descubrí que se había mutado en hooligan clandestino cuando contemplé cómo varios reputados periodistas deportivos de la ciudad empezaban a hacer cortes de manga a sus colegas madrileños con cada gol del Valencia. Desde aquella mutación, el seguidor clandestino fue historia.
No he leído todavía el libro que acaba de publicar Paco Lloret sobre la rivalidad entre los dos equipos que ayer se vieron las caras en Mestalla. Pero sería un error imperdonable que, en sus páginas, no apareciera una figura básica para entender el antimadridismo de esta afición. El secreto de que el Madrid sea el nuevo supervillano del cómic valencianista no es que sus futbolistas nos caigan mal, ni que el Marca nos esté dando el coñazo todos los días con ellos. El valencianismo odia al Madrid por culpa del seguidor clandestino que muchos han tenido a su lado durante décadas. Es curioso, porque el Barcelona ha hecho muchos más méritos para convertirse en nuestro Darth Vader particular: es un equipo tan quejica como nosotros, nos ha quitado futbolistas con mayor impunidad que el Madrid y nos considera tan inferiores como nos consideran los blancos. Pero el Barça nunca ha tenido seguidor clandestino. Si el día del Barça se sentaba a tu lado un tipo que no conocías, sabías que era del Barcelona. Iba equipado con parafernalia barcelonista, gritaba cuando consideraba que el árbitro se equivocaba contra el Barça, hablaba catalán y se la soplaba la polémica que desde el club se quiso crear contra el catalanismo en general. No te engañaba y eso era de agradecer.

Ayer vi el partido sin un seguidor clandestino al lado. Y primero pensé que igual el seguidor clandestino lo teníamos en el banquillo, porque sólo así se explicaría que no se diera cuenta de que no se puede ganar un partido con un mediocentro defensivo haciendo de mediapunta, por mucho que los de arriba tengan dinamita en sus botas. En todo caso, a los seguidores no clandestinos que tenía al lado, esa apreciación táctica se la traía bien floja. El peor partido del Valencia en toda la temporada y ninguna reprobación a los absurdos monólogos de Banega, a los desesperados intentos de Marchena porque el árbitro le dejara el pito y se marchara a ver el partido por la tele o los centros de Bruno con imán hacia las piernas madridistas. Nadie vio que el Madrid, sin hacer nada del otro mundo, jugó cuando y como quiso, manejó el partido a su antojo y marcó goles cuando tuvo ganas. Quizás, pienso ahora, es que esos seguidores no clandestinos no eran tales, sino verdaderos seguidores clandestinos que, tras su transformación en hooligans clandestinos, han perfeccionado su mutación hasta convertirse en zombies clandestinos. Y eso significaría no sólo que mi pesadilla no se acabó hace años, sino que continúa con tintes de película de terror. de esas que dan muy mal rollo.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Athletic, 1; Valencia, 2

Sigo en Tánger, una ciudad de contrastes, no sólo por su situación geográfica, puente entre África y Europa, sino por su diversidad cultural y demográfica y esa extraña mezcla de rasgos musulmanes, judíos y cristianos que la hacen única. Tan única que, en los últimos días, he vivido aventuras extraordinarias.
He visitado un bar que ejemplifica, con precisión quirúrgica, los deseos de la población masculina mundial, aunque fuera en su versión más chusca. Estaba decorado como una estación de metro americano, con la particularidad de que los posters que decoraban el local eran los mismos que podías encontrar, hace 30 años, en España en cualquier tienda de productos de cine: uno de Chaplin en "El chico" y otro de Humphrey Bogart con gabardina en plan "Tener y no tener". Lo mejor no era eso. En el escenario principal había una enorme pantalla de televisión que ofrecía fútbol sin parar (cuando fui yo, era un absurdo partido de la Europa League -si absurdo y Europa League no fueran una redundancia- entre un equipo checo de tercera fila y uno alemán de segunda), mientras, delante del televisor de plasma gigante, un grupo musical interpretaba canciones folclóricas sin descanso. El grupo musical, que despertaba el entusiasmo del público asistente, en su mayoría marroquí, estaba formado por un teclista con aspecto de haberse comido todo el cuscús de su casa, un violinista famélico que tenía la rara habilidad de tocar su instrumento mientras fumaba y un cantante que era un cruce entre King África y Eminem, pero con rasgos árabes. Entre otras maravillosas piezas de su repertorio, nos brindaron una versión de "Porompompero" de Manolo Escobar cuya letra tenía muy poco que ver con la que hizo popular quien hizo famosas canciones como "Mi carro" y "Almería". Sin embargo, el éxito que cosechaba tan heterodoxa formación musical se hizo patente en que las diez o doce mujeres del local, todas ellas con aspecto de prostitutas en edad de jubilación, bailaron animadamente y con arriesgados contoneos cada uno de los hits que entonaba el rapero con colesterol que amenizaba la noche.
No ha sido la única aventura irracional que he vivido en mi estancia en Tánger. He viajado en limusina, he fumado kifi en pipa, he probado platos de cocina increíbles y he conocido una gente hospitalaria y generosa que me ha hecho sentirme como en casa. Pero todo desde una perspectiva extraña, desde ese quiebro a la cotidianeidad que sólo se produce cuando estás fuera de tu hábitat natural.
Tan extrañas han sido las experiencias que he vivido como el partido que vi anoche. En ese canal árabe en el que Paco Buyo ejerce como comentarista sin tener ni idea de la lengua autóctona. Y, como no podía ser de otra manera, fue un partido extraño, lleno de idas y vueltas, en el que un francés que no habla ni papa de español (como Buyo de árabe) marcó el gol decisivo, en el que un equipo con un jugador menos, a base de garra, nos puso contra las cuerdas en el momento en que David Navarro rescató su vena macarra dentro del área y confundió a Burdisso con un chaval imberbe que demostró mucho más oficio que la mayoría de los delanteros que ha tenido el Athletic en años. Y en el que, en fin, la victoria nos sirvió para erigirnos en alternativa a los grandes, según rezan los diarios madrileños que he podido consultar en la web. Al menos hasta la semana que viene, pues, si ganamos entonces, pasaremos a ser "serios candidatos" al título, por encima de un Madrid que llegará a Mestalla sin sus dos fichajes más caros y con el Chori Albiol como principal novedad respecto a sus últimas visitas. Esperemos que, para no traicionar la costumbre, Albiol se caiga en Mestalla en el momento menos oportuno.

Para entonces, espero contaros el partido como toca y no daros la barrila con tanta historia que no tiene nada que ver con el fútbol.