lunes 9 de noviembre de 2009

Valencia, 3; Zaragoza, 1

Decía Alfred Hitchcock que había dos reglas que nunca se saltaría a la hora de trabajar en una película: nunca hagas cine con animales y nunca hagas cine con niños. El fútbol es igual. No me gustan los animales y, además, está prohibido entrar en un estadio con animales, salvo que sean ladillas, piojos u otros bichos asociados a la higiene descuidada, así que es imposible ver en Mestalla un partido en compañía de un animal. Bueno, tampoco hay que tomarse esto literalmente: en alguna ocasión se me ha sentado al lado un tipo de esos que se pasa todo el partido cagándose en familiares cercanos del árbitro, ambos entrenadores, la totalidad de los componentes del equipo contrario y una cuidada selección de nuestros jugadores. Y, en la final de Copa del 99, la inteligencia de los rectores del club hizo colocar juntos a los miembros de la Peña Gol Gran y a los Yomus, por lo que, por un rato, vi un partido al lado de unos cuantos Yomus, pues yo acudí a aquel encuentro con el Gol Gran.
No tengo hijos y supongo que por eso me molestan los niños en el fútbol. No todos, que conste. Sólo aquellos que son tan pequeños que el fútbol se la trae floja después de los primeros cinco minutos de fascinación. Cuando el cuelgue por el verde del campo, las banderitas de arriba del gol norte, el murciélago malasombra con Julián dentro y la banda de música se le ha pasado al niño, el partido le importa realmente una mierda y se dedica a pedirle pipas a su madre, quejarse de tener consecutivamente calor y frío y mirar hacia todos los lados excepto al terreno de juego de pie delante de su silla. Uno de esos niños lo tenía ayer a mi lado, mientras que su madre se encontraba en la fila de delante, con la particularidad de que mi localidad se situaba entre ambos. El niño se sabía muchos de los nombres de jugadores del Valencia, aunque me temo que los haya aprendido viendo cromos en el colegio, porque al partido, la verdad, no le hacía ni puñetero caso.
Es posible que el niño tuviera razón en no hacerle ni puñetero caso al partido, ya que el Valencia-Zaragoza fue un auténtico coñazo de encuentro. Mucho menos interesante, con toda seguridad, que pedir pipas, pasar del calor al frío y viceversa varias veces o mirar al resto de tontos que prestaban atención a aquello a lo que no había que hacer ni puñetero caso.
Yo, que de niño es muy posible que hiciera lo mismo que el que tenía al lado, de mayor he aprendido a pensar mientras hago algo aburrido. Me es muy útil para las reuniones de trabajo, las conversaciones absurdas con gente que no conozco mucho y el tiempo que paso viendo la televisión. Y también cuando los partidos del fútbol me aburren mucho. Ya sé que sería mucho más lógico hacer otra cosa, como ir al cine o dormir, pero yo prefiero quedarme en Mestalla, pues el fútbol es el único pasatiempo en el que nunca sabes en qué momento puede pasar algo interesante. Y me dedico a pensar mientras me aburro. Y pensé que el partido de ayer era como un "dejà vu" de muchos otros que se jugaron en las décadas de los 80 y los 90. Con la diferencia que el equipo que tocaba el balón, intentaba crear peligro, presionaba arriba al contrario y la cagaba en tres despistes defensivos para acabar "jugando como nunca y perdiendo como siempre" no era el Valencia, como sucedía hace sólo quince o veinte años. Era el Zaragoza. Y el equipo que jugaba de local yendo un poco de sobrado, sin hacer nada del otro mundo, confiaba en la suerte y aprovechaba las cagadas del rival era el Valencia, y no, como sucedía hace sólo quince años, el Zaragoza, el Sevilla, el Atlético de Madrid o el Deportivo.
Pero es posible que mis pensamientos terapéuticos no fueran sino una tontería para no tener la sensación de perder el tiempo en una tarde de domingo, en vez de ir al cine o dormir. Que el que realmente se lo pasó bien, y hoy lo contará en el colegio con todos los detalles, sobre todo los que no sucedieron en el terreno de juego, fue el niño.

viernes 6 de noviembre de 2009

Slavia Praga, 2; Valencia, 2

He vuelto. Me ha costado más de una semana recuperarme del trajín de la Mostra porque, al acabar el festival, me vi envuelto en una absurda e improductiva vorágine laboral (trabajar mucho para ganar muy poco) que me ha tenido apartado de la dinámica futbolera más tiempo del previsto.
Antes de esfumarme, dejé al Valencia medio maltrecho, con un entrenador en entredicho y un equipo que nadie sabía realmente si podía aspirar a los primeros lugares de la tabla o a hacer el ridículo como en los últimos años. Supe que el Valencia había empatado a cero con el Barcelona y que había merecido ganar durante una sesión golfa de la Mostra donde se proyectaban películas de tíos locos que van con una cámara asesinando personas por ahí y de monstruos marinos con forma de pulpo calamar que aterrorizan a los turistas en Torremolinos. Supe que el Valencia había empatado a uno con el Slavia de Praga y que había merecido perder en medio de una gala dedicada al cine valenciano repleta de actores que salen en Canal 9 y que no conozco de nada, porque sencillamente no veo Canal 9. Vi, a trozos, la victoria por 0-3 en Almería y pensé que ese Valencia tenía pinta seria, que sabía por primera vez en mucho tiempo a qué jugaba y, además, se lo creía. Supe por el teletexto de un canal de televisión en el que sale a todas horas Belén Esteban que el Valencia había ganado al Alcoyano en El Collao y después me enteré de que el gol lo había marcado Miku. Puede que me enterara mal o que le hiciera caso a quien no debía, pero luego supe que lo había marcado Joaquín. Vi, en la pantalla de mi ordenador y con una imagen que se congelaba o pixelaba cada 30 segundos, la victoria ante el Málaga por 0-1 pero, con tanta congelación y tanto pixelado, me dio la impresión de que el equipo también se paraba y algunos jugadores comenzaban a difuminarse, un término que en informática sólo puede medirse en número de píxels.
Y hoy por fin he visto un partido entero y sin sobresaltos de la imagen. Como debe de ser. Comentado por JJ Santos y con Sara Carbonero luciendo palmito en el descanso y diciendo tonterías antes y después del descanso. Con un Valencia en el que a Emery le ha pasado algo raro. En su momento de lucidez de la semana, una práctica que comienza a frecuentar por primera vez en año y medio entre nosotros, se dio cuenta de que las rotaciones no consisten en cambiar a todos los futbolistas que han jugado el domingo porque, en ese caso, se llamarían destrucciones, sino en refrescar algunos puestos para animar la competitividad en la plantilla. Y con un Slavia de Praga que, si hubiera jugado contra el Alcorcón, también le habrían metido cuatro.
Durante hora y media, he pensado que el Valencia que abandoné por mesas redondas, películas, galas, fiestas y comidas de trabajo se había transformado en un equipo grande. De esos que, aunque tengan el partido resuelto, siguen jugando igual, porque no saben jugar de otra manera. Que tocan el balón con paciencia hasta que surge la chispa en cualquier metro del césped y se lanzan a encender la mecha para hacer explotar al contrario. Pero, a las ocho y media de la tarde, pasó algo extraño. De repente, como si me despertara de un sueño, ha vuelto a aparecer ese equipo tontorrón que se deja empatar por quien ni siquiera soñaba con perder por un resultado digno. Y he pensado que igual todo este esfuerzo laboral no sólo había sido improductivo por las más elementales leyes de la oferta y la demanda, sino también porque me habían demostrado que, en el Valencia, un mes de trabajo no había servido para nada.

miércoles 7 de octubre de 2009

Racing, 0; Valencia, 1

Pues no, no vi el partido. Ni siquiera supe qué había pasado hasta que, en el tren de vuelta a Valencia desde Barcelona, me acordé de que jugábamos y sintonicé una extraña emisora de Tarragona que estaba retransmitiendo el Sevilla-Real Madrid en catalán y se alegraban mucho cada vez que los de Jiménez metían un gol.
No vi el partido y no sé si veré los siguientes. Empieza la Mostra de Valencia y toca trabajar casi 24 horas al día, lo que significa que el fútbol pasa a ser algo secundario.
Así que, amigos, intentaré escribir algo sobre el Valencia-Barcelona, aunque sea cómo lo vivo en medio de la noche friqui que hemos organizado con pelis de Pedro Temboury y Manuel Valencia, y el Valencia-Slavia de Praga, que conicide con la gala del cine valenciano.
Siempre aspiré a que, al superar los 40, tuviera que trabajar poco y ganara mucho dinero. Ahora me pasa lo contrario: trabajo mucho y gano poco dinero. Y, encima, me pierdo los partidos del Valencia.

Dios mío, qué triste....

viernes 2 de octubre de 2009

Valencia, 3; Genoa, 2

Estoy en Sitges, en el Festival de Cine Fantástico, lo que significa que no he visto el partido. O que sí, porque he visto una película de terror y, como ya he dicho alguna vez, los partidos del Valencia son como películas de terror. A veces acaban bien y otras, no tanto.
En lugar de ver el Valencia-Genoa, he disfrutado de "Rec2", la última película de Jaume Balagueró y Paco Plaza, secuela del extraordinario filme que la pareja de directores más brillante del cine terrorífico español pergeñó hace sólo un par de años. "Rec2" es una espléndida película, algo poco habitual por aquello de que segundas partes nunca fueron buenas, que, pese a incidir en el mismo esquema que su predecesora -cámara en mano, filmación "sucia" y terror en cada esquina-, te mantiene atado a la butaca durante todo su metraje.
Pero lo más curioso, lo que relaciona el partido de esta Europa League que tanto publicita Telecinco y tan poco interés despierta en el resto de medios, es que "Rec2" es una película valencianista. Sí, no me lo estoy inventando para justificar un post injustificable en el que no pensaba hablar de un partido que nunca vi. Paco Plaza, seguidor, socio y accionista del Valencia (su hermano Carlos, al que he visto antes de entrar en la proyección, me ha contado que toda su familia ha acudido a la ampliación de capital y, por lo tanto, forma parte del accionariado del club aunque mande la Fundación), ha introducido en la película que codirige un montón de alusiones a su fe valencianista. Un hecho que le honra. Yo, que he escrito guiones de películas porno, jamás se me ocurriría ponerle a mis personajes nombres de jugadores del Valencia, porque quedaría muy feo que alguien, en plena excitación, descubriera que la mujer que le excita en la pantalla se llama Maduro, Albiol o Jon García. No quedaría bien.
Pero "Rec2" aparece plagada de personajes secundarios que tienen nombre de viejas (y no tan viejas) glorias del valencianismo. En la primera secuencia, un policía argentino reconoce que es valencianista desde que "El Matador", Mario Kempes, jugó en nuestro equipo y llega a discutir con un seguidor culé sobre cuál es el mejor equipo. Naturalmente, el que recuerda a Romario o Laudrup muere enseguida y, aunque el valencianista de la Pampa también acaba palmando, lo hace con dignidad. Poco después, en una cinta se escucha que un tal Carboni hizo unas llamadas diabólicas, lo que me recordó aquellos tiempos en los que el italiano con pistola gobernaba con mano firme el club desde la secretaría técnica y hacía llamadas diabólicas. Por último (lo mejor), Plaza asigna al cura exorcista que intenta librar al edificio maldito del diabólico virus el nombre de Padre Albelda, todo un guiño al legendario capitán. Cuando los policías que investigan el piso descubren un cadáver momificado que habita en uno de los altilllos de las habitaciones, alguien confirma que esa mojama es el Padre Albelda. Una momia. Una excelente metáfora de lo que fue y ya no es el que ejerció como pulmón del medio campo valencianista del doblete.

Al llegar al hotel he sabido que el Valencia había ganado por 3 a 2 al Genoa, que la vida sigue igual, que jugó un rato un centrocampista con nombre de momia en la película de terror que acabo de ver, que Villa nos ha salvado de una nueva catástrofe y que el juego del Valencia sigue dando argumentos a Paco Plaza para hacer películas de terror.

domingo 27 de septiembre de 2009

Valencia, 2; Atlético de Madrid, 2

Los días que amenaza lluvia en un partido televisado, como sucedía ayer, son los peores. Es cuando, alrededor de mi cabeza, se me aparecen dos duendecillos, como en los dibujos animados, que me tientan en direcciones contrarias. "No vayas al fútbol, quédate en casita a verlo por la tele que así no te mojas y, total, para verlos cagarla, no te pierdes nada", dice uno; "Vete al fútbol, que seguro que no llueve, y si llueve, ganaremos y será uno de los mejores partidos de la temporada", dice el otro. Excepto la temporada pasada, en que la abundancia de partidos televisados con lluvia se sumó al aburridísimo juego del Valencia y entre ambos me hicieron desertar demasiadas veces de Mestalla, suelo hacerle caso al segundo duendecillo. Me gusta ver el fútbol en el campo por muchas razones, pero la más práctica es que, cuando me aburro, no puedo ponerme a hacer otra cosa. En casa el aburrimiento me lleva al zapeo o la lectura; en el campo no tengo más remedio que seguir el partido con cara de gilipollas.
Ya sé que esto forma parte de mi temperamento sadomasoquista: no hay nada como sufrir y no poder apartar la vista, al estilo de la terapia Ludovico de La naranja mecánica. Pero yo soy así. Lo que ocurre es que, con el tiempo, he ido templando mi sufrimiento y he acomodado mi mente a verlo venir. Como los boxeadores, que esperan los golpes para que les duelan menos. Así las alegrías saben mejor y las tristezas duelen menos.
Toda esta disquisición sobre el sufrimiento humano aplicado al fútbol, algo de lo que Camus, por muy futbolero que fuera, nunca habló, me viene al pelo para hablar del partido de ayer. He estado tentado de copiar y pegar mi post sobre el empate contra el Sporting de hace una semana, porque el partido fue exactamente igual: el contrario vestía a rayas rojiblancas, tiene un equipo apañadito (por mucho que digan que es un equipazo, está tan descompensado como el Valencia) y el encuentro se ha desarrollado de la misma manera. No acaban ahí las coincidencias: con el paso de las semanas, me reafirmo en mi idea de que tenemos un portero tirando a malo, una defensa hecha de retazos pobres y un medio del campo más bien triste, en el que juegan un defensa central y un chaval que se pasó los dos últimos años delante de un ordenador meneándosela. Sólo podemos ganar si los de arriba aciertan y las meten casi todas, algo que sólo pasó contra el Valladolid y el Sevilla. A partir de entonces, pasamos de tener cuatro buenos arriba a tener sólo uno, dos el día en que Pablo se pone las pilas. Por eso a Villa le dejan opinar cuando acaban los partidos y, encima, el entrenador se autoinmola dándole la razón.
Marcaron ellos pronto, porque Alexis estaba en uno de esos días en el que hasta se le borran los tatuajes y Bruno veía tantos jugadores atléticos como pelos tiene en su cabeza. La cosa se pudo poner peor, si Agüero y Forlán no estuvieran pensando más en largarse de allí que en hacer su trabajo, y hasta Alexis hubo de pedir perdón a la grada por ser el ejemplo de los males del Valencia: perdió una pelota tonta en medio campo por hacer la gilipollez de turno, no recuerdo si el puto taconcito o un caño a un cura, y no arruinó el partido antes de hora porque el Kun ni se creyó el regalo. Cuando, con el equipo con el agua al cuello, Silva y Banega emularon al tatuado central, no detecté acto de contrición alguno.
Llegó entonces el momento desbocado de este equipo, cuando a Villa le empiezan a salir las cosas, Silva se deja de tonterías, Mata aparece desde su escondite en la banda y Pablo se suelta y se convierte en un alegre extremo. Y, sin darme cuenta, teníamos el partido en nuestro poder. No a la heroica, que somos demasiado pijos para eso, sino con elegancia y buen gusto. Los goles más bonitos de la liga (el segundo de Villa al Sporting, el que marcamos en Getafe y el de Pablo de hoy) no nos han servido para gran cosa, pero mola mucho volver a verlos una y otra vez en la tele.
Mucho después ha pasado lo que yo ya me temía, porque a uno, a esta edad, se la juegan una vez, no dos. El día del Sporting estaba convencido de que no se nos escapaba el partido y hoy sabía con certeza que se nos iría al final. El equipo ha empezado a jugar como si estuviera en un circo: unos hacían payasadas, otros metían la cabeza en la boca del león y los demás corrían por un alambre a diez metros de altura. Pero si la semana pasada Unai pudo echarle la culpa a los jugadores del desastre final, hoy ha querido sumarse al circo y se ha convertido en empresario a la vez que en atracción circense. Como Ángel Cristo pero sin saber pronunciar la "r".
Lo más triste de todo es que no ha llovido. Los días en que pasan estas cosas (desgraciadamente cada vez más habituales), si ha llovido, siempre te queda la sensación total de que has hecho el memo yendo al campo a mojarte para ver al Valencia cagarla. Pero, si no llueve, te vas del campo pensando que has tenido suerte porque, al menos, no te has mojado. Y el siguiente partido televisado con lluvia, vuelves a Mestalla.

jueves 24 de septiembre de 2009

Getafe, 3; Valencia, 1

Los valencianos somos unos privilegiados. No sólo tenemos unos dirigentes incorruptibles y modélicos que nos aficionan a deportes tan excitantes como la vela o el automovilismo, que nos llenan las calles de váteres públicos cuando nos visita el Papa y que garantizan que nuestros clubes de fútbol sobrevivan con el dinero público, sino que somos, creo, los únicos que podemos elegir entre tres opciones cuando se retransmite un partido de liga en abierto: La Sexta, Canal 9 y Tv3.
En todos emiten las mismas imágenes, porque la señal es la misma, pero en cada uno de ellos se vive el fútbol de una manera. En La Sexta, desde que han retirado a Andrés Montes, la cosa ha perdido su gracia. Su narrador es correcto, sin más, pero está rodeado de personajes especialmente molestos, como ese clon de Maldini que repite obviedades sacadas de lecturas tan apasionantes como el Marca o el As o Kiko, quien sin Salinas y Montes a su lado se parece cada vez más a Joaquín: cuenta chistes que sólo le hacen gracia a él. En Tv3, la pareja de comentaristas es más o menos ecuánime, no grita y nos cuenta las cosas con cierto rigor. De Canal 9 no puedo decir nada. A pesar de que está mi amigo Vicent Sempere entre el equipo de comentaristas, tengo perdido ese canal entre la maraña de teletiendas y cadenas fachas de la Tdt valenciana, de manera que nunca lo pongo por cuestiones de profilaxis mental.
Ante tal perspectiva, vi el partido por Tv3. Pero debo de tener un aparato descodificador de "todo a cien", porque a mí, en la cadena pública catalana, la imagen me llegaba con cierto retraso respecto al sonido. No un retraso como para sancionarlos con cambiar de cadena, tipo la puntualidad de Miguel en los entrenamientos, pero el suficiente como para escuchar el gol de Villa cuando Joaquín todavía se estaba preparando para centra en la imagen. Así que digamos que vi dos partidos, uno que se jugaba, en la banda sonora, unos segundos antes que el otro, pero que en el fondo, era igual que el que se veía en la imagen. Una especie de eco, más que fastidioso, perturbador.
Quizás por eso, me dio la impresión de que el Valencia jugaba en la banda de imagen y el Getafe en la banda de sonido. Que los madrileños, ese equipo tan simpático que hasta el Rey se confesó seguidor suyo con motivo de la final de un torneo que lleva su nombre, iban unos segundos por delante del Valencia. Lo suficiente para llegar antes en cada pelota dividida, en cada pase de anticipación o en cada centro al área. Yo viví dos partidos, el de la imagen y el del sonido, pero creo que Unai vivió tres y que el que yo no viví llevaba mucho más retraso que los dos míos. O, al menos, la imaginación de Unai lo vivía así.
Soy un tipo de temperamento masoquista y el esfuerzo de vivir dos partidos a la vez me pareció poco sufrimiento. Así que me puse a apuntar las cosas que no entendía de lo que estaba, por este orden, oyendo y viendo. Y me salió una lista bastante grande que resumo para no hacer esto más aburrido que una tesis doctoral leída por Ever Banega:
- Tenemos un portero muy guapo, pero a lo mejor el viejo y feo no lo haría tan mal.
- Probablemente Carboni, con 44 años, seguiría siendo titular si no se hubiera dedicado al tiro olímpico.
- Durante todo el partido he pensado que Unai, por aquello de que vamos sobrados, había decidido jugar con 10 jugadores, pero me he dado cuenta al final, cuando los futbolistas se intercambiaban las camisetas, de que Silva había saltado al campo.
- Hemos tenido mucha suerte, pues ni Mathieu ni Banega, considerados el domingo pasado por Unai como el sustento del equipo, se han lesionado. Y ninguno de ellos ha pedido el cambio voluntariamente (bueno, en realidad, esto ya pasó el domingo).
- Es una pena que nadie haya pillado a David Villa al acabar el partido para que comentara sus pormenores.
- En el Getafe juega un chico al que echamos porque pensábamos que Vicente jugaba en nuestro equipo.
- Aunque Michel sea un nepotista y ponga a su hijo a jugar, hay que reconocer que Miguel Torres se parece físicamente más a su entrenador que Adrián. Y eso que, según un tipo que se sentaba cerca de mi localidad en Mestalla, Michel era maricón.
- Mientras un plano sacaba a Unai y Carcedo con cara de zombies, me ha parecido atisbar a un calvo en el banquillo que esbozaba una sonrisita. Y no era Bruno porque ya había saltado al campo.
Total que, después de este ejercicio de autoflagelación impropio de mi sexo, he cambiado al Canal de Insa. Y entonces he visto un sms de esos que mandan los espectadores para decirle a la novia que la quieren. Decía "otra vez lo mismo". Y he pensado que el autor de ese mensaje tan filosófico había vivido sólo un partido mientras yo sufría dos. A él, sin duda, no se le quedó tan mal rollo como a mí.

lunes 21 de septiembre de 2009

Valencia, 2; Sporting, 2

Durante algunos años tuve un pase de prensa para ver al Valencia en la zona reservada a los periodistas, en la parte alta del anfiteatro de Mestalla. Pero lo utilicé muy poco. Prefería ir a mi localidad de sillas de gol sur, en el córner que da a la tribuna, en lugar de ver el partido como si de una retransmisión televisiva se tratara. En mi localidad de casi toda la vida (hace 35 años que tengo mi pase en esa ubicación) se vive el fútbol mucho mejor. Conozco a la gente que se sienta a mi alrededor, sé cuáles son sus filias y sus fobias y hasta adivino el tono progresista de ese sector del campo en el que veo el fútbol.
Pero ayer no me sentí cómodo en mi asiento de las sillas de gol sur. Dos filas más arriba de mi sitio había uno de esos tipos que puede convertir un partido de fútbol en una película de terror. Iba vestido con una camiseta de la senyera, lo que dice mucho de sus opciones estéticas, gritaba como un descosido y tenía aspecto de haberse bebido la tarde antes de acudir al fútbol. Su voz carajillera se me ha instalado entre los tímpanos hasta el punto de que, en un momento dado, me he puesto a los auriculares para escuchar la final del Eurobasket, no porque me importara demasiado por cuantos puntos ganaban Gasol y sus compañeros, sino para no oírlo.
Dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. El tipo de la camiseta de la senyera no era ningún niño, pero evidentemente decía muchas verdades. Quizás el suyo no era el tono más adecuado para ser sincero (todos aquellos con los que se metía, y eran muchos, eran unos "hijos de puta"), pero, en el fondo de sus extemporáneas valoraciones, no andaba desencaminado. Le fallaban las formas. Sus dardos brófegos han alcanzado a Moyà, Albelda, el árbitro, Joaquín y Manolo Preciado. Vale que Moyá es un portero más guapo que bueno, pero tampoco es como para lanzarle una retahila de improperios cada vez que le metían un gol. Vale también que Albelda está ya más para jugar con los veteranos que para comandar el centro del campo del Valencia, pero cagarse en varios de sus familiares no parece la solución más adecuada para reconducir la situación. Vale que el árbitro era malo y torpe, pero su madre no tenía ninguna culpa y, por lo que vi en el partido, no marcó ninguno de los goles del Sporting, por lo que matarlo no habría resuelto nada. Y vale que Joaquín ya ni siquiera se ríe cuando juega, pero mandarlo al Mestalla tampoco presumo que funcionaría. Lo que no entiendo es esa manía a Preciado, que es un buen tipo y me consta, cuando se ha merendado a Emery con patatas y ha dado una lección de cómo un equipo ha de jugarle al Valencia: con valentía. Sobre todo porque el voceras de dos filas más atrás no se ha metido con Emery, que yo lo cambiaba por Preciado ya mismo. Lo ha tenido que hacer Villa ante los micrófonos de Canal +, según he visto al llegar a casa.
El caso es que las declaraciones de Villa han sido mucho más interesantes que el partido. Ha dicho lo que muchos nos tememos, que este equipo está para hacer "lo del año pasado". Tampoco es que haya descubierto América, ya que un partido que ha empezado con unos tíos vestidos de vaquero promocionando un rodeo pero sin soltar una mala vaquilla, un toro salvaje o un ex presidente con bigote para ilustrarlo, no podría acabar de otra forma que con un equipo jugando a mísero, sobre todo porque enfrente eran sólo diez.
La sensación que te queda es que ya ha empezado la película de terror de cada temporada. No me refiero sólo al tipo con voz de megáfono estridente y aliento a whisky DYC. Me refiero a esa en la que, a medida que transcurren los meses, empiezan a aparecer fantasmas por todos los lados y vemos más muertos que vivos. La película que siempre acaba mal y que tan divertidos nos tiene con sus cambios de presidente, posibles ventas de jugadores y mal rollo generalizado.
Pensaba en esa película de terror cuando salía de Mestalla y me he topado con Paco Plaza, el mejor director español de cine de terror, en mi modesta opinión. Me ha contado que él y su novia, la actriz Leticia Dolera, se han hecho socios y vendrán de Barcelona cada quince días a ver al Valencia. Seguro que Paco encontrará desde su localidad argumentos suficientes para hacer muchas películas.