Decía Alfred Hitchcock que había dos reglas que nunca se saltaría a la hora de trabajar en una película: nunca hagas cine con animales y nunca hagas cine con niños. El fútbol es igual. No me gustan los animales y, además, está prohibido entrar en un estadio con animales, salvo que sean ladillas, piojos u otros bichos asociados a la higiene descuidada, así que es imposible ver en Mestalla un partido en compañía de un animal. Bueno, tampoco hay que tomarse esto literalmente: en alguna ocasión se me ha sentado al lado un tipo de esos que se pasa todo el partido cagándose en familiares cercanos del árbitro, ambos entrenadores, la totalidad de los componentes del equipo contrario y una cuidada selección de nuestros jugadores. Y, en la final de Copa del 99, la inteligencia de los rectores del club hizo colocar juntos a los miembros de la Peña Gol Gran y a los Yomus, por lo que, por un rato, vi un partido al lado de unos cuantos Yomus, pues yo acudí a aquel encuentro con el Gol Gran.
No tengo hijos y supongo que por eso me molestan los niños en el fútbol. No todos, que conste. Sólo aquellos que son tan pequeños que el fútbol se la trae floja después de los primeros cinco minutos de fascinación. Cuando el cuelgue por el verde del campo, las banderitas de arriba del gol norte, el murciélago malasombra con Julián dentro y la banda de música se le ha pasado al niño, el partido le importa realmente una mierda y se dedica a pedirle pipas a su madre, quejarse de tener consecutivamente calor y frío y mirar hacia todos los lados excepto al terreno de juego de pie delante de su silla. Uno de esos niños lo tenía ayer a mi lado, mientras que su madre se encontraba en la fila de delante, con la particularidad de que mi localidad se situaba entre ambos. El niño se sabía muchos de los nombres de jugadores del Valencia, aunque me temo que los haya aprendido viendo cromos en el colegio, porque al partido, la verdad, no le hacía ni puñetero caso.
Es posible que el niño tuviera razón en no hacerle ni puñetero caso al partido, ya que el Valencia-Zaragoza fue un auténtico coñazo de encuentro. Mucho menos interesante, con toda seguridad, que pedir pipas, pasar del calor al frío y viceversa varias veces o mirar al resto de tontos que prestaban atención a aquello a lo que no había que hacer ni puñetero caso.

Yo, que de niño es muy posible que hiciera lo mismo que el que tenía al lado, de mayor he aprendido a pensar mientras hago algo aburrido. Me es muy útil para las reuniones de trabajo, las conversaciones absurdas con gente que no conozco mucho y el tiempo que paso viendo la televisión. Y también cuando los partidos del fútbol me aburren mucho. Ya sé que sería mucho más lógico hacer otra cosa, como ir al cine o dormir, pero yo prefiero quedarme en Mestalla, pues el fútbol es el único pasatiempo en el que nunca sabes en qué momento puede pasar algo interesante. Y me dedico a pensar mientras me aburro. Y pensé que el partido de ayer era como un "dejà vu" de muchos otros que se jugaron en las décadas de los 80 y los 90. Con la diferencia que el equipo que tocaba el balón, intentaba crear peligro, presionaba arriba al contrario y la cagaba en tres despistes defensivos para acabar "jugando como nunca y perdiendo como siempre" no era el Valencia, como sucedía hace sólo quince o veinte años. Era el Zaragoza. Y el equipo que jugaba de local yendo un poco de sobrado, sin hacer nada del otro mundo, confiaba en la suerte y aprovechaba las cagadas del rival era el Valencia, y no, como sucedía hace sólo quince años, el Zaragoza, el Sevilla, el Atlético de Madrid o el Deportivo.
Pero es posible que mis pensamientos terapéuticos no fueran sino una tontería para no tener la sensación de perder el tiempo en una tarde de domingo, en vez de ir al cine o dormir. Que el que realmente se lo pasó bien, y hoy lo contará en el colegio con todos los detalles, sobre todo los que no sucedieron en el terreno de juego, fue el niño.






Ante tal perspectiva, vi el partido por Tv3. Pero debo de tener un aparato descodificador de "todo a cien", porque a mí, en la cadena pública catalana, la imagen me llegaba con cierto retraso respecto al sonido. No un retraso como para sancionarlos con cambiar de cadena, tipo la puntualidad de Miguel en los entrenamientos, pero el suficiente como para escuchar el gol de Villa cuando Joaquín todavía se estaba preparando para centra en la imagen. Así que digamos que vi dos partidos, uno que se jugaba, en la banda sonora, unos segundos antes que el otro, pero que en el fondo, era igual que el que se veía en la imagen. Una especie de eco, más que fastidioso, perturbador.
- Hemos tenido mucha suerte, pues ni Mathieu ni Banega, considerados el domingo pasado por Unai como el sustento del equipo, se han lesionado. Y ninguno de ellos ha pedido el cambio voluntariamente (bueno, en realidad, esto ya pasó el domingo).
Dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. El tipo de la camiseta de la senyera no era ningún niño, pero evidentemente decía muchas verdades. Quizás el suyo no era el tono más adecuado para ser sincero (todos aquellos con los que se metía, y eran muchos, eran unos "hijos de puta"), pero, en el fondo de sus extemporáneas valoraciones, no andaba desencaminado. Le fallaban las formas. Sus dardos brófegos han alcanzado a Moyà, Albelda, el árbitro, Joaquín y Manolo Preciado. Vale que Moyá es un portero más guapo que bueno, pero tampoco es como para lanzarle una retahila de improperios cada vez que le metían un gol. Vale también que Albelda está ya más para jugar con los veteranos que para comandar el centro del campo del Valencia, pero cagarse en varios de sus familiares no parece la solución más adecuada para reconducir la situación. Vale que el árbitro era malo y torpe, pero su madre no tenía ninguna culpa y, por lo que vi en el partido, no marcó ninguno de los goles del Sporting, por lo que matarlo no habría resuelto nada. Y vale que Joaquín ya ni siquiera se ríe cuando juega, pero mandarlo al Mestalla tampoco presumo que funcionaría. Lo que no entiendo es esa manía a Preciado, que es un buen tipo y me consta, cuando se ha merendado a Emery con patatas y ha dado una lección de cómo un equipo ha de jugarle al Valencia: con valentía. Sobre todo porque el voceras de dos filas más atrás no se ha metido con Emery, que yo lo cambiaba por Preciado ya mismo. Lo ha tenido que hacer Villa ante los micrófonos de Canal +, según he visto al llegar a casa.