lunes, 5 de septiembre de 2011

Días sin radio


La mayoría de amigas, amantes o novias que he conocido en mi vida no eran aficionadas al fútbol. Preferían una buena película, una cena romántica o una velada sexual a compartir conmigo un partido de fútbol y, en raras ocasiones, me acompañaron a Mestalla a ver al Valencia. Por cariño, sexo o amor, he priorizado muchas veces el estar con ellas a la liturgia futbolística y no me arrepiento. Pero, las pocas veces en las que el fútbol fue tema de conversación con ellas, me di cuenta de que todas compartían una imagen de la infancia que mezclaba nostalgia y una extraña sensación de perderse algo intangible, incomprensible para su forma de ver la vida. Todas recordaban a su padre, los domingos por la tarde, pegado a la radio de casa y escuchando un carrusel deportivo en el que seguía la jornada futbolística. No soy mujer y tengo el mismo recuerdo que ellas. Sólo que, en mi caso, yo participaba de ese ritual vespertino de los domingos mientras los conductores del programa daban paso a locutores que se encontraban en La Condomina, Pasarón o la Nova Creu Alta. Los domingos eran días de fútbol, pero, sobre todo, eran días de radio, en una época en la que el partido televisado era la excepción y no la regla, en la que la imaginación del golazo narrado por las ondas hertzianas superaba a la realidad del churro visto mucho más tarde en los imperfectos resúmenes televisivos. La radio me enseñó a mitificar el fútbol, a llenarlo de adjetivos grandilocuentes, epítetos apasionados a hipérboles abigarradas. A vivir los partidos sin verlos, a hacerlos mejores de lo que eran.
Cuando llegó la avalancha de fútbol televisado, abandoné la buena costumbre de escuchar por la radio los partidos. El transistor, simultáneo a la televisión, podía ser un enemigo, que te adelantaba las acciones del juego debido al pequeño diferido con que llegaban las imágenes a causa de las nuevas tecnologías. Pero recuerdo algunos momentos recientes en mi vida en los que, estando de viaje, me he calzado los auriculares para oír cómo transcurría la jornada, en la soledad de quien escucha algo que sólo él puede imaginar.
Ahora, a aquellos que olvidan que el fútbol es mucho más que un negocio se les ha ocurrido que las emisoras de radio han de pagar por entrar en los campos de fútbol y contar lo que ven. Como si la habilidad para convertir en legendario un hecho tan tribal como un partido de fútbol fuera una falta por la que hay que pagar una multa. En consecuencia, el fútbol español se ha quedado sin narradores, sin profesionales que son capaces de transmitir pasión y emoción a un simple saque de banda efectuado “desde la teórica posición del lateral derecho”. Y pierde así una parte muy importante de su encanto, la llave que transforma un gesto físico en una emoción. Yo viví un fútbol sin televisión, pero dudo de que pueda soportar un fútbol sin radio. Pero quizás quienes ahora imponen las leyes y están convirtiendo la liga española en un aburrido bucle en el que todo es tan previsible como insulso nunca crecieron pegados a un aparato de radio. Nunca supieron que en la voz de un locutor radiofónico retransmitiendo un partido de fútbol había mucha más poesía que en mil imágenes de Cristiano Ronaldo celebrando un gol.

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